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Cuenta Xosé Nóvoa, un joven de
diecisiete años, que una noche apareció en su casa un hombre
buscando a su padre, Fulxencio da Casanova, reconocido cazador de lobos, para
que se encargase de un lobo enorme que estaba haciendo estragos en el ganado en
tierras de Incio. Allá fueron los dos, padre e hijo, llevando con ellos
a Bal, el perro. Llegaron de noche, con nieve y sintiendo cerca la
presencia de los lobos. Se instalaron en la casa grande del hidalgo don Eduardo
Vázquez-Queipo e Lence, con dos hijas hermosas y muy diferentes (Ana:
alta, delgada e inconformista, que tenía a menudo enfrentamientos con el
padre y comprendía el afán de ser libre del lobo; y Aurora:
rubia, baja, blanca de piel, ojos azules y muy educada) y un niño de
unos 12 años. Todos los del lugar coincidían en que el lobo
tenía cualidades "humanas": entraba en las casas como una persona,
huyendo a dos patas; para la vecina Rosa dos Chantos (un enano barbudo con ropa
de mujer y voz de hombre, que en las noches de luna llena se convertía
en Roso), un hombre o mujer gobernaba los lobos; el hidalgo sospechaba que el
lobo entendía el habla humana; el párroco don Laureano Saco
llevaba balas de cera bendita, las únicas capaces de matar al lobishome;
y una vieja vecina sabía la historia del lobishome de Foilebar, que
atacó a su propia mujer... Pasaban los días y los lobos
seguían haciendo de las suyas: comieron una burra y el perro de Rosa, un
lobo negro hirió al hidalgo cuando pusieron una cabra como cebo en medio
del lugar; padre e hijo tuvieron un encuentro con un lobo negro enorme al que
las balas nada le hicieron y desapareció dejando ropas de mujer
tiradas... Vigilados constantemente por unos ojos de lobo, ya saben que los
más peligrosos son dos: uno negro y otro blanco. Organizan una
"manga", rodeando el monte con estacas, cuerdas y dos líneas de gente
haciendo ruído para asustar a los lobos, cuya única escapatoria
es un "couso" sin salida. Aunque matan a varios, cuando están regresando
un lobo grandísimo provoca la desbandada general. A su padre, el lobo
negro le puso la garra en el pecho y luego de recriminarle que matase lobos se
marchó, dejando que otros lobos lo condujesen por caminos alejados de la
gente hasta la casa del hidalgo. Xosé se refugió en un secadero
de castañas, en donde, agazapado con el olor lobuno de Bal, al que tuvo
que matar para que no lo delatase, no lo localizó un lobo blanco que, al
alba, caminó a dos patas y de su pellejo surgió ¡Aurora!
Consiguió quemarle el pellejo, que se resistía a arder,
liberándola así de la maldición: no volvería a ser
loba. Las dos hermanas eran mujeres-lobas por una maldición paterna: si
querían ser como hombres y libres, mejor que fuesen lobos... Estando
abrazado a Aurora, irrumpió el lobo negro con su cuerpazo, pero lo
ahuyentó Roso dos Chantos clavándole un hacha en la pierna
derecha. De vuelta en la casa del hidalgo, Xosé quemó el
pellejo de Ana, que estaba en cama por haberse herido en un brazo,
supuestamente partiendo leña. Pero ella le dijo que tenía piel de
loba y volvería ser libre. Meses después, casado ya con Aurora,
el lobo negro se vino a despedir de él asomándose a la ventana.
Lo que había ocurrido se mantuvo como un secreto de familia. De vez en
cuando en vez la gente hablaba que se había visto un lobo de la gente en
León, en el Faro de Chantada... Esta misma tarde volvió a
verlo él: era un lobo grande, viejo y cansado. Por eso Xosé les
revela a sus nietos esta historia del pasado. |