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Novela que comienza
con el comentario de Xiao sobre un reportaje alrededor de los pigmeos, que
acaba de leer en el suplemento de El País. La foto de un niño le
recuerda a Nzigui y le trae a le memoria vivencias que, a continuación,
escribe en primera persona. Todo comenzó cuando en septiembre del
85, con 16 años, el zoo de Barcelona premió su trabajo sobre los
jabalís, consistente en pasar cinco semanas en Ruanda en el campamento
de Dian Fossey, la famosa investigadora de los gorilas de montaña sobre
la que se hizo la película Gorillas in the Mist. Allí
vivió el asesinato de la famosa naturalista por los cazadores furtivos
de gorilas y tuvo que huir por la selva de sus asesinos si no quería
correr la misma suerte. El impacto de tal vivencia lo acompañó
durante largo tiempo en forma de pesadilla en la que Dian va hacia él
con la garganta ensangrentada diciéndole que será el
siguiente. Antes de partir, su madre le compró El corazón
de las tinieblas, el duro libro de Conrad sobre las atrocidades de la
colonización belga, que le hizo comprender que África no es algo
unitario. Desde Lavacolla a Kinshasa lo acompañó una azafata.
Luego, un hombre de la embajada se hizo cargo de él. Sobrevolando el
grandioso río Congo en un viejo avión de hélices, con dos
mujeres con las maletas llenas de pescado para vender y un hombre con una
cabra, arribó a Kigali, en la Ruanda llena de montañas, la tierra
de la gran masacre de tutsis primero y después de *hutus. Allí
lo esperaba la propia Dian *Fossey, que le contó la impunidad con la que
actuaban las bandas de cazadores furtivos, que podrían provocar la
desaparición de los gorilas. En el camino, en un control policial,
discute ella con un hombre de traje y corbata, que tendrá mucho que ver
con su desenlace vital. En el hotel, los esperaba el fotógrafo que se
había venido a vivir con los pigmeos, Fran Lamas, un apasionado y
profundo conocedor de África, que le contó la historia que se
cuenta en África sobre el origen de los negros y de los blancos, dos
hermanos de los cuales uno al meterse en el río blanqueó y el
otro no... Al día siguiente, le mostró Dian un artículo
que iba a publicar en el Diario de Ruanda en defensa de los gorilas, tan
próximos a las personas, y contra los grupos organizados de cazadores
furtivos, de los que daba nombres, incluyendo también cargos oficiales
de la policía o del gobierno: era su sentencia de muerte. Lo
llevó Dian a su campamento, a tres mil metros de altitud y más de
diez horas de caminata. Llevando Coca Cola, galletas y leche evaporado hicieron
salidas por la selva para observar los gorilas de montaña... Un
día, como ella tenía fiebre, lo acompañó
Nemeyé, un negro alto y musculoso que era su brazo derecho, tras la
pista de los gorilas y a la vuelta encontraron a dos hombres, uno de ellos el
hombre de traje y corbata, que le cortaron la garganta con un machete a la
científica. Él y Nemeyé lograron escapar por el
corazón de la selva, sin senderos ni luz entre los árboles.
Exhausto, desfalleció Xiao y cuando volvió en sí se
encontró asombrado con el hombre de traje y corbata y otros dos
disputando por chutar la cabeza cortada de Nemeyé. Aprovechando la
confusión, el pigmeo Nzigui, con ayuda de otro, Lambo, lo sacó de
allí, conduciéndolo hasta Fran Lamas quien, luego, se
marchó para esconderse una temporada entre los pigmeos ya que
corría en peligro su vida por haber llevado el artículo al
periódico. Mientras él, acompañado de Nzigui y Lambo,
anduvo otra vez la peligrosa de la selva camino de Kinshasa y la embajada de
España. De nuevo, el más peligroso no fue el búfalo que
casi lo aplastó o los otros animales de la selva, sino el hombre de
traje y corbata y el jorobado, quienes después de cortarle la cabeza a
Lambo con el machete, le ataron una cuerda al cuello y lo llevaron en una caja
de madera como un ataúd en su Land Rover hasta la casa del jefe de los
furtivos. Sólo lo libró de morir a machete a intervención
salvadora de Nzigui, que lo sacó de allí y lo
acompañó hasta el río Congo, en donde reapareció el
jorobado, que hirió a Nzigui y le disparó a él, quien
luego quedó sin sentido. Pero lo salvó Fran Lamas otra vez:
Nzigui se había interpuesto cuando el jorobado le disparó
lanzando al mismo tiempo su machete contra el hombre de traje y corbata,
matándolo; a su vez, Xiao había cogido la escopeta y le
había disparado al jorobado. Por eso ahora pudo contarlo, a pesar de los
muchos peligros que vivió. Pero, lamentablemente, ya no lo pueden hacer
ni Nzigui, que le salvó la vida, ni la admirada Dian, enterrada junto a
la tumba de Digit, el gorila con el que mejor se había comunicado.
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