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Baja la manada de lobos al valle de Sonán
y atacan la casa del joven Ando, dejándolo malherido. El abuelo, Emoi,
recorre de noche el peligroso bosque buscando "herbavento", la planta que lo
puede curar; la encuentra cuando ella lo despierta con sus suaves hojitas, pues
se quedara dormido con el cansancio. Se libra de los voladores "ollóns"
o "curuxás" (que vigilan que los niños no salgan de noche de las
casas), pero lo encuentra el Recacho, el viejo duende que únicamente le
permite regresar a casa cuando le enseña la receta musical del
esnafrón, pues se muere por las setas. Con la pócima de
"herbabento", Ando por fin se cura de las mordeduras de los lobos.
Obsesionado porque una noche lo despertó una luz y un rostro desconocido
le observaba, Emoi le explica que se vio a sí mismo de hombre y se va
dejándole un petate, cerrado desde hace muchos años. Contiene dos
fardos de cuero: en el primero hay un pergamino con el dibujo de un
tríscele dorado formado por dos serpes unidas en espirales
concéntricas y diez piececillas metálicas que, combinadas,
componen la figura; cuando las encaje, podrá abrir el segundo fardo.
Durante días trata de casar las piezas pero no es capaz; mientras, va
creciendo y cambiándole la voz, haciéndose mayor. Hasta que el
abuelo le trae una pieza mayor con la que encajan todas y compone el
talismán. Pasados unos días, podrá lucirlo en su pecho y
abrir el segundo fardo. Se celebra la fiesta anual, a la que acuden los
familiares y se cuentan sus novedades. Pero a Ando lo que le gustan son las
historias que le cuenta el abuelo y cuando en el río lo salva de muerte
segura, atacado por el "caracú" o "cumaldario", supera, sin ser
consciente, la última prueba. Ya puede abandonar el valle de
Sonán, con la espiral dorada en el pecho, que Daún, el padre, que
nunca había podido componer, había perdido y recuperado en el
río. También lleva la daga, descubierta entre los pliegues de
cuero cuando el ataque del "cumaldario". Al tercer día, en el
río Maior, gracias a una anciana buscadora de oro no se deja engatusar
por una ninfa que lo llama. Lo cruza en la barca de Gae, evitando los "xacios"
que intentan hundir las naves con gigantescos árboles. Continúa,
ahora ya en tierras de Non Fal, alejado de la gente. Se encuentra a un
malabarista simpático que está jugando con una manzana: es Axe,
un "guliaire" que vive en una de las zonas libres del interior del país,
de hablar aquel-ado, que le cuenta la historia de la manzana amarilla que hizo
que todas las mujeres mayores se aproximasen a él... Sigue por una
vía principal empedrada que conduce a la ciudad amurallada de Aliber.
Escondido en un carro, entre toneles de vino, provoca un accidente aflojando
una rueda para evitar que el carretero tenga que estar con una "soldadeira",
obligado por los soldados. Apenas se detiene en la hermosa ciudad en feria.
Sufre el ataque de unos salteadores, que lo atan a un árbol, aunque
consigue liberarse. Guiado por tres niños, llega a la aldea de
Batón, el herrero que se dedica a forjar armas para el gran día
del combate contra el extranjero dominador de Non Fal. Junto a una hermita
de piedra en el valle, una hilera de siluetas encapuchadas con antorchas de
fuego lo guían por una mina a través de la falda de la
montaña, hasta el majestuoso Palacio de Novelúas. Habitado por
Queade y sus doncellas, se erigió en recuerdo de las nueve derrotas de
Ofiusa que evoca una leyenda en las piedras. En las proximidades hay una
réplica minúscula en la que entra en cuclillas. Dozinda, una
niña de cuatro años que dice ser la "conteira" del palacio, lo
lleva hasta una piedra "abrideira" que intenta abrir con un tirapiedras, pero
sólo consigue haciéndole cosquillas en la base. Luego de
recitarle el texto legendario, se marcha. Guiado por Queade a través de
un pasadizo subterráneo, contempla el mural de homenaje a los
niños soldados de la épica batalla. Asisten después a la
fiesta de otoño en el bosque, en donde se baten los bardos en combate
poético por el premio de grabar un poema en la piedra de las murallas. Y
luego hacen el amor con pasión y belleza. Antes de proseguir camino,
ella le regala como recuerdo de Novelúas un cinturón con adornos
de plata y azabache. Avanza con dificultades por el bosque de Serra Negra.
En el Camino Real unos soldados le cobran peaje, para llegar a Non Fal, la
ciudad protegida por tres murallas, del sanguinario señor sin
corazón. Cuando los soldados inspeccionan que la gente lleve
calzoncillos bajo los sayones, el inquieto Axe le roba el casco a uno, se lo
pasa luego a Ando y los dos son hechos prisioneros. En el palacio, en donde el
Señor de Non Fal preside los festejos na honor de sus tres invictos
generales, a los que alaba en la lengua de Cax y obsequia una piedra
maravillosa, Ando es presentado como un joven enemigo que pretende retroceder a
los tiempos de Ofiusa. Sólo podrá salvar la vida si acierta en
cual de dos cajas, una roja y otra negra, está la perla blanca. La
doncella virgen Dumvira, una "lilulóxica", le profetiza a Ando,
interpretando el mensaje de las simientes de helecho, que sus enemigos no
podrán con él; luego, una paloma torcaz negra volando anuncia que
se abrirán las puertas y quebrantarán las cadenas. El
Señor de Non Fal, encolerizado, le manda que abra con los ojos vendados
una de las cajas: abre la negra, tragando la perla que contiene sin que los
demás puedan verla; y cuando la doncella enseña la perla negra
que guarda la caja roja, lo devuelven a la celda junto a Axe: su castigo es ser
arrojado desde el puente para que las aguas del río lo alejen de Non
Fal. La cocinera Elamona, que tiene el encargo real de ir metiendo en su comida
pequeñas dosis de amanitas venenosas, se marcha locamente enamorada de
Axe y no los traiciona. Al cuarto día cumplen la sentencia: los sumergen
cuatro veces en el río con pesadísimas argollas y cuerdas en las
piernas para después tirarlos. Sus cuerpos se pierden entre la corriente
del agua... Recupera el sentido Ando en el río y consigue encontrar
a Axe, el amigo que le había salvado la vida enamorando a la cocinera,
pero muerto. Continúa caminando hacia el naciente camino de Ofiusa.
Lleva la esfera de azabache de la caja negra que su cuerpo acabó
expulsando de las entrañas. Sube la Serra Branca, el bosque de tejos que
creció entre rocas para proteger a Ofiusa. Y desde esa roca casi
inaccesible que custodian piedras dispuestas como guerreros de piedra, en esta
montaña mítica en donde otros que llegaron antes salen a
recibirlo (y más que vendrán), se preparará para un
día marchar hacia Non Fal. No importa lo que tengan que esperar en este
poderoso reino de melancolía. Y un "Cántico", en
correspondencia con la "Lenda" inicial, cierra el libro proclamando que
mientras nuestro tiempo no llega las viejas derrotas nos hagan fuertes, que el
aliento de la tierra (y nuestra voz) conmueva allí en donde reina el
silencio y el duro cuarzo. |