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Cuenta un perro de aldea
-es decir, un ´don nadie'-, que los griegos se apropiaron de la Odisea,
pero la verdad es que su amo, Ulises, nunca vivió en Ítaca:
nació, creció, y se casó con Penélope en el Xobre,
una villa de la ría de Arousa. Era un barbanzán. Se dispone a
contar, pues, la versión auténtica de la Odisea, aunque a veces
le falle la memoria. Comienza así la narración de las aventuras
de Ulises, en una lectura en clave lúdica de diferentes pasajes de la
obra clásica. En la primera parte cuenta el viaje de Telémaco
para tener noticias del padre. Antes, en la asamblea de los dioses en el
Courel, presidida por Zeus, el perro les suplicó que le perdonaran a su
amo, que llevaba siete años retenido por la ninfa Calipso. La diosa
Atenea, bajo la forma del marinero Héctor de Fisterra, puso a
Telémaco sobre la pista del padre: un comerciante de caballos de
Fisterra había embarcado con él y otros cinco comerciantes hacia
la remota Eirín en busca de posibles compradores de azabache.
Sólo habían vuelto él y Menelao de Ribadeo, casado con la
hermosa Helena de Troya, que le dice que los dioses les pusieron una niebla
espesa que hizo que él fuese a parar a Egipto. Y cuenta que según
Proteo, que ve a través de las profundidades del mar, Ulises está
en una de las islas Sías, virtiendo lágrimas, en el pazo de la
ninfa Calipso. En la segunda parte narra las aventuras de Ulises, de las que
él fue testigo. Regresaban de Eirín con doce barcos llenos de
oro, cuando apareció la niebla que había mandado Posidón y
sin GPS acabaron en la isla de los lotos, en donde tres marineros enloquecieron
por comerlos. En otra isla, el cíclope Polifemo los encerró en su
cueva por comerle los quesos, y cada noche él iba a comer marineros.
Disfrazado con una túnica con capucha, Ulises le dijo que era Nadie, le
clavó una estaca en el ojo y escaparon atados en la barriga de los
corderos. En venganza, el cíclope le pidió a Posidón que
Ulises pasase muchas penalidades antes de retornar. En Eolia, el dios de los
vientos, Eolo, le regaló a Ulises una bolsa con todos los vientos, que
los marineros abrieron, escapando todos los vientos en medio de una enorme
tempestad. En la isla de Lamos, los lestrigones, gigantes antropófagos,
devoraron las tripulaciones de las otras once embarcaciones. En la isla de Ea,
la hechicera Circe, hija de Helios, el dios del Sol, convirtió a
marineros en cerdos: mas el superdios Hermes le dio una hierba a Ulises que lo
inmunizó, y amenazó a Circe (que también se enamoró
de él), que restituyó los marineros a su ser. Navegaron junto a
la isla de las sirenas evitando su poder de atracción gracias a que los
marineros tenían tapones en las orejas y Ulises, amarrado al
mástil, les chillaba a los remeros que pararan pero como no lo
oían... Pasaron el estrecho entre la peligrosa roca de Escila y el
remolino de Caribdis convenciendo el héroe a los marineros de que
bogasen sin atender a los hombres que agarraron los monstruos. En Trinacia,
algunos marineros comieron unas cuantas vacas, a pesar de la advertencia del
profeta Tiresias. Entonces Helios se quejó a Zeus, que echó un
rayo devastador que hizo arder la embarcación, los hombres se echaron al
agua y sólo quedaron con vida el amo y el perro. Con la ayuda de Atenea
aparecieron en las Sías, las islas de la ninfa Calipso, que
también se enamoró de él y lo retuvo allí casi un
lustro y medio que al amo le parecieron días. Sólo cuando
él pudo ir al Courel gracias a Cerne, el dios celta de los animales, a
pedirles a los dioses que le ordenasen a Calipso que dejase partir a Ulises,
salieron en una balsa. Y cuando Poseidón mandó una tormenta, en
venganza por lo de Polifemo, lo salvó la ninfa-diosa Leucotea,
también enamorada de él, que le dio un velo mágico con el
que aunque se hundió en el agua no se ahogó. Luego de dos
días flotando en el mar llegaron a una playa de Baiona, en donde
también se enamoró de él la princesa de Nausica.
Allí, la reina Arte y el rey Alcínoo le cedieron la nave que lo
llevó a la casa. En la tercera parte relata el regreso al Xobre:
disfrazado de mendigo, Ulises durmió en la cuadra, porque el porquero lo
reconoció, avisando a Telémaco; en ella sufrió un
pequeño y cerdo incidente. El perro Argos murió de la
emoción al reconocerlo con el olfato. Penélope, que tejía
de día y destejía por las noches un sudario para el suegro
Laertes, había anunciado que se casaría con quien tensase el arco
de Ulises. Únicamente él fue capaz de lograrlo, y Pe se
convenció de que era su marido cuando le dijo que la cama no se
podía mover porque uno de los piares era una cepa de olivo que
había plantado él con sus manos. Y, por fin, se dieron muchos
abrazos. Incluso el padre, Laertes, se puso muy contento. |