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Pere Tobaruela: Viaxes dun can de palleiro
Col. Xuvenil Ed. Sotelo Blanco. Santiago de Compostela, 2009


Viaxes dun can de palleiro

Cuenta un perro de aldea -es decir, un ´don nadie'-, que los griegos se apropiaron de la Odisea, pero la verdad es que su amo, Ulises, nunca vivió en Ítaca: nació, creció, y se casó con Penélope en el Xobre, una villa de la ría de Arousa. Era un barbanzán. Se dispone a contar, pues, la versión auténtica de la Odisea, aunque a veces le falle la memoria. Comienza así la narración de las aventuras de Ulises, en una lectura en clave lúdica de diferentes pasajes de la obra clásica.
En la primera parte cuenta el viaje de Telémaco para tener noticias del padre. Antes, en la asamblea de los dioses en el Courel, presidida por Zeus, el perro les suplicó que le perdonaran a su amo, que llevaba siete años retenido por la ninfa Calipso. La diosa Atenea, bajo la forma del marinero Héctor de Fisterra, puso a Telémaco sobre la pista del padre: un comerciante de caballos de Fisterra había embarcado con él y otros cinco comerciantes hacia la remota Eirín en busca de posibles compradores de azabache. Sólo habían vuelto él y Menelao de Ribadeo, casado con la hermosa Helena de Troya, que le dice que los dioses les pusieron una niebla espesa que hizo que él fuese a parar a Egipto. Y cuenta que según Proteo, que ve a través de las profundidades del mar, Ulises está en una de las islas Sías, virtiendo lágrimas, en el pazo de la ninfa Calipso.
En la segunda parte narra las aventuras de Ulises, de las que él fue testigo. Regresaban de Eirín con doce barcos llenos de oro, cuando apareció la niebla que había mandado Posidón y sin GPS acabaron en la isla de los lotos, en donde tres marineros enloquecieron por comerlos. En otra isla, el cíclope Polifemo los encerró en su cueva por comerle los quesos, y cada noche él iba a comer marineros. Disfrazado con una túnica con capucha, Ulises le dijo que era Nadie, le clavó una estaca en el ojo y escaparon atados en la barriga de los corderos. En venganza, el cíclope le pidió a Posidón que Ulises pasase muchas penalidades antes de retornar. En Eolia, el dios de los vientos, Eolo, le regaló a Ulises una bolsa con todos los vientos, que los marineros abrieron, escapando todos los vientos en medio de una enorme tempestad. En la isla de Lamos, los lestrigones, gigantes antropófagos, devoraron las tripulaciones de las otras once embarcaciones. En la isla de Ea, la hechicera Circe, hija de Helios, el dios del Sol, convirtió a marineros en cerdos: mas el superdios Hermes le dio una hierba a Ulises que lo inmunizó, y amenazó a Circe (que también se enamoró de él), que restituyó los marineros a su ser. Navegaron junto a la isla de las sirenas evitando su poder de atracción gracias a que los marineros tenían tapones en las orejas y Ulises, amarrado al mástil, les chillaba a los remeros que pararan pero como no lo oían... Pasaron el estrecho entre la peligrosa roca de Escila y el remolino de Caribdis convenciendo el héroe a los marineros de que bogasen sin atender a los hombres que agarraron los monstruos. En Trinacia, algunos marineros comieron unas cuantas vacas, a pesar de la advertencia del profeta Tiresias. Entonces Helios se quejó a Zeus, que echó un rayo devastador que hizo arder la embarcación, los hombres se echaron al agua y sólo quedaron con vida el amo y el perro. Con la ayuda de Atenea aparecieron en las Sías, las islas de la ninfa Calipso, que también se enamoró de él y lo retuvo allí casi un lustro y medio que al amo le parecieron días. Sólo cuando él pudo ir al Courel gracias a Cerne, el dios celta de los animales, a pedirles a los dioses que le ordenasen a Calipso que dejase partir a Ulises, salieron en una balsa. Y cuando Poseidón mandó una tormenta, en venganza por lo de Polifemo, lo salvó la ninfa-diosa Leucotea, también enamorada de él, que le dio un velo mágico con el que aunque se hundió en el agua no se ahogó. Luego de dos días flotando en el mar llegaron a una playa de Baiona, en donde también se enamoró de él la princesa de Nausica. Allí, la reina Arte y el rey Alcínoo le cedieron la nave que lo llevó a la casa.
En la tercera parte relata el regreso al Xobre: disfrazado de mendigo, Ulises durmió en la cuadra, porque el porquero lo reconoció, avisando a Telémaco; en ella sufrió un pequeño y cerdo incidente. El perro Argos murió de la emoción al reconocerlo con el olfato. Penélope, que tejía de día y destejía por las noches un sudario para el suegro Laertes, había anunciado que se casaría con quien tensase el arco de Ulises. Únicamente él fue capaz de lograrlo, y Pe se convenció de que era su marido cuando le dijo que la cama no se podía mover porque uno de los piares era una cepa de olivo que había plantado él con sus manos. Y, por fin, se dieron muchos abrazos. Incluso el padre, Laertes, se puso muy contento.

126 p. - 13x20 cm.                                                      ISBN    978-84-7824-573-4



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