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Una noche invernal alguien comentó en la
taberna que no entendía cómo en noches así las islas no
marchaban mar adelante. Visito, bebedor solitario, dijo que conocía una.
Y se ofreció a contarle en su casa la historia de un hombre que tuvo el
mar dentro de la cabeza. Contó de un rey sabio y justo, Gaoth, a
quien le había profetizado al nacer que su único peligro
vendría del mar, por lo que mandó levantar una torre para
vigilarlo. Una noche descubrió una enorme isla, a la que ningún
barco se podía acercar pues las olas que la cercaban impedían el
desembarco. El sabio Fedhas descifró en un viejo libro que un antepasado
de Gaoth, el rey Nair, había desaparecido caminando hacia el mar
buscando conquistar una isla en donde el alma de su padre estaba confinada y
sin poder descansar definitivamente. Debía de ser esta misma isla, en la
que estarían retenidas las almas de tales antepasados. Fue Gaoth a ella:
un camino en el mar le condujo la barca... En este punto, como estaba
amaneciendo, paró el relato Visito. Al anochecer siguiente,
continuó: Gaoth frecuentó la isla, hermosa y virgen, para
recrearse en la belleza del lugar. Sólo para él el mar estaba
calmo. Cierto día descubrió, escondido en el manto de sombra que
le hacía invisible, la mujer más hermosa que nunca había
visto. Era una habitante del mar que había subido a tierra con la isla,
como condena por una grave falta. Cada día, ella le contaba sus
historias, que él le refería a Fedhas por la noche para que se
las interpretase. De tanta visita a la isla, el rey se puso enfermo. Cuando
pretendió volver, faltaba su lancha. Fue en el bote de un marinero y la
descubrió en la playa. En esta altura de la narración, Visito se
quedó dormido: estaba amaneciendo. En la tercera noche acabó:
el rey sorprendió a la joven hablando con su hijo, el príncipe
Ailfein, y trazando líneas en su pecho, como contándole alguna
parte de las historias que a él le negara. Furioso, regresó al
reino y ordenó que lo prendiesen en cuanto regresase. Cuando tal
hicieron, trajo a la joven dormida, recluyéndola en un sitio secreto
vigilada por una anciana. Entonces un viento inmenso devastó la isla,
hundiéndola. En ese momento se calmó el mar. Pero el rey
notó que lo tenía todo dentro de sí: el mar batía
en su cabeza. Fedhas supo que la joven era Aileoin, que significa isla, y que
lejos del mar moría. La mandó traer el rey para confinarla en el
castillo del norte, en el litoral, mas ya se había marchitado. El hijo
le confesó que la visitaba mientras el padre estaba enfermo porque le
había contado que nada pasaría en tanto permaneciesen en la isla.
Cuando la vio de nuevo, el hijo dejó de alentar. Y un estruendo
llevó el acantilado con el castillo. En él iban los dos
enamorados. Había sido el mar al salir de Gaoth, que yacía
muerto. Porque ningún castigo merece ser eterno y ninguna culpa es
imperdonable. La isla todavía vaga por el mar, pero sólo algunos
elegidos pueden verla... |