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Antonio García Teijeiro: Trala liña do horizonte
Col. Catavento, 2. Tambre / Editorial Luis Vives
Zaragoza, 2002

Trala liņa do horizonte

Un joven de uniforme camina desde el amanecer: había decidido abandonar la guerrilla, una guerra que no era la suya. Al atardecer, encuentra en una casa abandonada una carpeta azul con hojas escritas y recortes de periódicos con fotos de la guerra. Se sienta y empieza a leer.
De lo que parece una cometa infantil desde el barracón desolador de refugiados y cuando se aproxima suelta bombas.
Del niño que pintaba el arco iris en su casa y golpea al soldado pintado en el muro del campo de refugiados.
K, de 14 años, encuentra en una casa destruída en el centro de la ciudad la foto de una niña triste por culpa de esta maldita guerra, y se rebela tirado piedras contra el cielo.
Entre carros de familias que huyen de la guerra, el niño que soñara con un caballo blanco ahora va a a caballo de su padre a la búsqueda de una frontera para sobrevivir.
Del abuelo que no podrá contar más cuentos de dragones y serenas a su nieto.
Ancianos y ancianas, niños y niñas caminan como hormigas en fila a través de la tierra queimada por el espanto.
Una niña empieza a dar patadas a un tanque, un monstruo como el que había destruido la casa de su abuela.
Omar -el padre en la guerra, la madre es una estrella- juega con los amigos, también pájaros quemados en la tristeza; pero hoy vieron la guerra de cerca cuando uno le dio una patada a un proyectil abandonado.
La niña sigue yendo por agua a la fuente de piedras grises aunque su madre y la abuela ya no la beberán nunca más.
Mientras el padre espera en el puesto de control (muros de hormigón, largas alambradas, soldados), la niña co los ojos cerrados todaví puede soñar: al padre ya le robaron los sueños.
Un hombre protege de los disparos al hijo detrás de un muro de ladrillos, salpicados luego de gotas rojas del niño.
El soldado S cuando los paramilitares mataron a su abuelo se enroló en el ejército; desde que vio matar a dos jóvenes enemigos desarmados, siempre que tiene que disparar se siente mal; hasta que decidió no seguir siendo un cobarde y desertó.
Tres niños juegan cpn una pelota entre cascotes, ajenos a la obscenidad de la destrucción y sufrimiento.
Le robaron el cielo azul en el que había pintado la nube-pájaro, la nube-labio,... cuando después de un ruido estruendoso el cielo cuberto de humo dejó de ser un lienzo de sueños para convertirse en una sábana de miedos.
Durhan nunca había cogido un fusil, pero sintió que era su deber ir a luchar para que acabase ese infierno de la guerra que hacía esperar lo peor de la noche.
Cansado de caminar entre escombros provocados por las bombas de los aviones y cuerpos de vecinos heridos, con rabia le arrojó una piedra a los soldados con metralletas: una ráfaga espantosa le anunció que su juego había acabado.
El helicóptero aprovechó la luz de la luna para atacar el pueblo y una joven observó a su madre escapando con el hermano pequeño en brazos: fue a salvarlo, se convirtió en una madre prematura.
La mujer vestida de negro le canta sin palabras a su niño una canción de cuna en no medio de los disparos.
Siete niños jugaban con sus armas de juguete hasta que un día la serpiente maléfica de la guerra llegó sin avisar; desde entonces juegan a sobrevivir entre el terror.
Mientras el día va cayendo, el joven lee emocionado estas estampas de la guerra que entra en la vida de las gentes con cruel naturalidad y sin pedir permiso. Acabada la lectura, cayó de la carpeta la fotografía de una mujer leyendo unas letras amarillas enormes escritas en un muro que ponían PEACE. Y se sintió con más ánimos para continuar: "Trala liña do horizonte ten que haber sorrisos. Trala liña do horizonte ten que esta-la vida. Trala liña do horizonte ten que esta-la paz".
Se reproduce al final dos artículos de la "Convención sobre los derechos del niño" aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989.


118 p. - 21x13 cm.                                                          ISBN    84-263-4876-9



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