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Un joven de uniforme camina desde el amanecer:
había decidido abandonar la guerrilla, una guerra que no era la suya. Al
atardecer, encuentra en una casa abandonada una carpeta azul con hojas escritas
y recortes de periódicos con fotos de la guerra. Se sienta y empieza a
leer. De lo que parece una cometa infantil desde el barracón
desolador de refugiados y cuando se aproxima suelta bombas. Del niño
que pintaba el arco iris en su casa y golpea al soldado pintado en el muro del
campo de refugiados. K, de 14 años, encuentra en una casa
destruída en el centro de la ciudad la foto de una niña triste
por culpa de esta maldita guerra, y se rebela tirado piedras contra el
cielo. Entre carros de familias que huyen de la guerra, el niño que
soñara con un caballo blanco ahora va a a caballo de su padre a la
búsqueda de una frontera para sobrevivir. Del abuelo que no
podrá contar más cuentos de dragones y serenas a su nieto.
Ancianos y ancianas, niños y niñas caminan como hormigas en fila
a través de la tierra queimada por el espanto. Una niña
empieza a dar patadas a un tanque, un monstruo como el que había
destruido la casa de su abuela. Omar -el padre en la guerra, la madre es
una estrella- juega con los amigos, también pájaros quemados en
la tristeza; pero hoy vieron la guerra de cerca cuando uno le dio una patada a
un proyectil abandonado. La niña sigue yendo por agua a la fuente de
piedras grises aunque su madre y la abuela ya no la beberán nunca
más. Mientras el padre espera en el puesto de control (muros de
hormigón, largas alambradas, soldados), la niña co los ojos
cerrados todaví puede soñar: al padre ya le robaron los
sueños. Un hombre protege de los disparos al hijo detrás de
un muro de ladrillos, salpicados luego de gotas rojas del niño. El
soldado S cuando los paramilitares mataron a su abuelo se enroló en el
ejército; desde que vio matar a dos jóvenes enemigos desarmados,
siempre que tiene que disparar se siente mal; hasta que decidió no
seguir siendo un cobarde y desertó. Tres niños juegan cpn una
pelota entre cascotes, ajenos a la obscenidad de la destrucción y
sufrimiento. Le robaron el cielo azul en el que había pintado la
nube-pájaro, la nube-labio,... cuando después de un ruido
estruendoso el cielo cuberto de humo dejó de ser un lienzo de
sueños para convertirse en una sábana de miedos. Durhan nunca
había cogido un fusil, pero sintió que era su deber ir a luchar
para que acabase ese infierno de la guerra que hacía esperar lo peor de
la noche. Cansado de caminar entre escombros provocados por las bombas de
los aviones y cuerpos de vecinos heridos, con rabia le arrojó una piedra
a los soldados con metralletas: una ráfaga espantosa le anunció
que su juego había acabado. El helicóptero aprovechó
la luz de la luna para atacar el pueblo y una joven observó a su madre
escapando con el hermano pequeño en brazos: fue a salvarlo, se
convirtió en una madre prematura. La mujer vestida de negro le canta
sin palabras a su niño una canción de cuna en no medio de los
disparos. Siete niños jugaban con sus armas de juguete hasta que un
día la serpiente maléfica de la guerra llegó sin avisar;
desde entonces juegan a sobrevivir entre el terror. Mientras el día
va cayendo, el joven lee emocionado estas estampas de la guerra que entra en la
vida de las gentes con cruel naturalidad y sin pedir permiso. Acabada la
lectura, cayó de la carpeta la fotografía de una mujer leyendo
unas letras amarillas enormes escritas en un muro que ponían PEACE. Y se
sintió con más ánimos para continuar: "Trala liña
do horizonte ten que haber sorrisos. Trala liña do horizonte ten que
esta-la vida. Trala liña do horizonte ten que esta-la paz". Se
reproduce al final dos artículos de la "Convención sobre los
derechos del niño" aprobada por la Asamblea General de las Naciones
Unidas en 1989. |