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Narra en segunda persona Tonecho, un chico nacido
en la ciudad que que tiene que trasladarse a Rebordechao, una pequeña
aldea perdida en la montaña de Ourense, para vivir con los abuelos una
nueva vida sin sus padres. Entre la experiencia de la naturaleza agreste y el
contacto con los escasos vecinos discurre el día a día en el que
se sorprende aprendiendo la vida del campo. Asiste a la escuela unitaria con
Kevin, un chaval gordito dos meses más joven que él. Los dos
están enamorados de Sabela, la maestra, por lo que su desilusión
es grande cuando les dice que tiene novio desde hace años. La
tranquilidad colectiva apenas se ve alterada por pequeños
acontecimientos como una atípica jornada electoral presidida por la
abuela, en un local ruinoso. Tienen que estar todo el día, por culpa de
Remixio, que se negó a ir a votar cuando todos los demás ya
habían cumplido. Y la tranquilidad de Tonecho se altera el día
que descubre un misterioso cuarto con manchas de sangre en la casa de los
carros. Según Kevin, en ella vivió el Hombre del Unto, mas
según el abuelo la había habitado hace más de un siglo un
vagabundo forastero, un asesino que había matado a una docena de mujeres
y niños, que luego llevaba al monte y cortaba en trozos para que
comieran los lobos. Aunque la abuela se enfadó al saber que el abuelo le
contaba la terrorífica historia, él supo también por la
maestra que era muy guapo y así engañaba a la gente, que lo
conocía como el Hombre Lobo de Allariz. Su miedo aumentó cuando
al visitar de nuevo la casa por poco le cae encima el techo de madera. El
cuarto ya no tenía sangre, que debía haber limpiado el abuelo.
Incluso el Portugués le negó su existencia. Finalmente, el abuelo
le contó que el Hombre del Unto era muy pequeño, del que se
decían que le sacaba la grasa a la gente, el unto, para hacer
jabón que luego vendía en una droguería. Eran cuentos de
la gente en la noche para que los niños aprendieran y no anduvieran
solos por ahí adelante. Mas sí era real el lobo que vio cuando
iba de paseo con el perro Langrán, que escapó ante la
visión de la fiera. También él echó a correr. Vio
lobos enormes por el camino y un hombre grandísimo que lo
perseguía. Despertó en el hospital: como estaba comiendo un
bocadillo, al ver el lobo le había caído al suelo y al recogerlo
debía llevar pequeñas setas tóxicas que le provocaron
alucinaciones. Cuando se recuperó, fue a ver el lobo con el abuelo y el
Portugués, dispuestos a matarlo. Como era una loba que acababa de parir
tres lobeznos, él les pidió que no la mataran. |