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Cuenta Mario Stevenson
que habían soltado amarras en el puerto de Corcubión, llegaron a
la isla de la Esperanza y vararon el galeón Playa de Quenxe en la playa,
después de abortar un motín del rufián de Silver.
Querían que las monedas de oro del tesoro sirvieran para pagar los
gastos de elaboración de un medicamento que curara de la cruel
enfermedad a muchos niños del mundo como el hijo del capitán John
Pelo Crecho. Durmieron allí y cuando amaneció vino la Guarda
Civil: esposaron al Vagabundo y a Xan lo llevaron en una ambulancia. Esto
pasó en Muxía hace 4 años, cuando el narrador tenía
diez. Fueron él y sus amigos del Club de Lectores Piedra de los Cuervos:
tres chicas, el narrador y Xan, que es dos años mayor y novio de Luisa.
En el club había entrado también el Vagabundo, un hombre
misterioso del que los adultos recelaban, que un día había
aparecido en el autobús, vivía de vender figuras de una piedra y
conchas que él hacía y, como no tenía dinero, el herrajero
permitió que se instalase en su caseta abandonada. Al principio pasaban
los chavales por allí con miedo, hasta que un día él los
sorprendió y les pidió que lo dejaran ser del club. Comenzaron
leyendo su libro A isla del tesoro. Luego, se les ocurrió
escenificar teatralmente secuencias del texto. Pero todo cambió un
día, cuando el capitán, Xan, comenzó a sentirse mal.
Durante meses no salió de casa. Tenía leucemia, por lo que lo
llevaron para el hospital y le cayó el pelo. Cuando el Vagabundo les
habló de la gravedad del mal del amigo, Martín propuso ir a
rescatarlo: lo sacaron del hospital en el coche de su madre, en el puerto
desatracaron un barco, el Playa de Quenxe, y navegaron hacia la isla, por la
ría de Corcubión. Así habían pasado las horas
viviendo en la imaginación la aventura de la isla. Hasta que
apareció en la playa de Lariño la Guarda Civil, que llevó
a Xan al hospital y prendió el Vagabundo. Lo acusaron de robo de coche,
de barco, y rapto, por lo que lo podrían condenar a cuatro años
de cadena. Pero resultó que él era el único que
tenía compatibilidad con Xan para hacerle el trasplante de médula
ósea imprescindible para seguir vivo. Corriendo grave riesgo por su
delicado corazón, aceptó el Vagabundo. La operación fue
todo un éxito. En su caseto descubrieron dos libros de poesía
gallega de los que era autor y su nombre auténtico: Marcelino. Pero no
volvieron a saber más de él, que desapareció cuando
retiraron las denuncias. Ahora, cuatro años después, el
herrajero les facilitó la última carta de Marcelino, acabado de
morir en Portugal, en la que se despide de ellos proclamando su derecho a vivir
de manera no convencional y la emoción de la amistad compartida. Por
ello recuperó la aventura pasados cuatro años: a modo de homenaje
al tesoro de la amistad. |