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Un chaval de doce años habla con su amigo
imaginario. Le cuenta el día que se va a mudar de la casa junto a el
río para un piso en la ciudad y vivir con la madre, por la
separación de los padres, su deseo de tener un nombre de indio guerrero,
que aún no mereció. Todo había comenzado cuando un
día jugando a seguir las huellas de un puma, como los indios,
encontraron a un anciano, Avelino Raposo Vello, que se había quedado
dormido arrimado al tronco de un olmo. Dijo que venía a merendar junto a
las truchas, echándoles pedazos de pan mientras que él tomaba su
naranjada, que ponía a refrescar en el agua enganchada en una
caña. Desde aquel día, fue muchas tardes junto a él,
que le contaba muchas historias, como cuando se recogieron en el molino porque
iba a haber tormenta y le explicó que lo había conseguido el
abuelo comprándoselo a un hombre que se había casado con una
viuda, pero como se le escapaba una yegua por las noches, siguiendo el consejo
del cura, la rodeó con un círculo de sal y descubrió en la
noche que un duende estaba sentado encima de ella; o de cuando había
andado en el barco del pirata Fendetestas, a quien le había ganado al
tute un tesoro que está guardado en la ínsula que hay en medio
del río. A la cual, por fin, el último día en la casa del
río, se atrevió a ir nadando. Encontró en una especie de
arca hecha de piedras una cuartilla en la que Avelino lo felicitaba por
conseguirlo, y decía que su nombre guerrero era Ojos-Que-Escuchan, del
que ya se había hecho merecedor por haber logrado la hazaña de
llegar allí. Y como el amigo anciano no había aparecido para
despedirse, lo irá a visitar a la residencia en la que vive, para
charlar como se estuvieran a la orilla del río. Así,
además, se le harán las vacaciones más llevaderas, pues ni
los compañeros ni Sun-Li, la joven china que le gusta, están en
la ciudad. Por eso ya no le parece tan mal ese cambio en su vida. Porque
aprendió a no tener miedo al futuro. |