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Martiño Pedreira,
buscador de duendes en las hojas de roble, un hombre ya en los 70 años,
decidió un día que no necesitaba más las "gafas de la
realidad", que le permiten ver las cosas interesantes que se ocultan en cada
rincón que la ciudad guarda en su día a día. Ahora que ya
tenía de nuevo unos ojos humanos quería que las aprovechara otro
ciudadano de ojos de cemento. Puso un anuncio en el periódico para
regalárselas a quien las quisiera, pero a nadie parecían
interesarle. Hasta que cuando estaba visitando a su amigo Can sen Dono, que
vive en las alcantarillas, apareció el último descendente del
genio Aladino, Ernestiño, con un mensaje de El-Rei de Phedra dispuesto a
ayudarle a colocar las gafas. Entonces, para que lleguen junto a él, se
abre en la alcantarilla una Puerta de Oro. En el camino encuentran truchas
habladoras y al antiguo rey Adoíndo, nacido setenta mil años
antes, que hacía cien años que había dejado el trono para
vivir en un destierro solitario por no gustarle el caldo mágico que un
curandero le había dado al dragón de siete cabezas. Cuando llegan
al país de Breamdam se encuentran con que no hay niños, que
desaparecieron un día de niebla, y que el Reino de Phedra no existe,
pues es un cuento de niños. En la capital, tan colorista como encantada,
la reina Cloia ronca mientras se celebra un banquete en su honor; en los
brindis, cuando les toca entregar el regalo para la reina, Can sen Dono silba
para que no lo reclamen a coro y se quedan todos como dormidos,
saliéndoles hiedras enormes por la boca. Entonces aparece
Adoíndo con la anciana bruja de Menenzo, Oria, cuya madre había
robado los niños para que alegraran su triste país. Pero los
chavales, lejos de los padres, se marchitaron poco a poco. Después de
buscarlos sin resultado positivo, un día sorprendieron en un bosque una
reunión de duendes de hoja de roble y supieron por un libro de magia que
el Reino de Phedra existe y en él están los niños, que
volverán cuando la gente sepa silbar nuevamente, por lo que le piden a
ellos que lo hagan. Surge así una multitud de niños sonrientes y
baja de un arco iris El-Rei de Phedra, que quería que las gafas de
Martiño les sirvieran a los adultos para no matar a los niños que
llevan dentro. Luego, coge las gafas y saca de ellas innumerables gotas de luz
cosidas en el paño de la noche. Y desaparece. Queda en su lugar la luna,
que regresa así a la tierra del otro lado de la
alcantarilla. |