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Todo empieza, en este "cuento de hadas sin
hadas", cuando Antonia, la joven costurera, descubre un día en su
ventana un mirlo de hierro, con las plumas hechas de reflejos de luna nueva y
las alas de copos de nubes altas de la tormenta. Cuando el sol se puso
escapó volando y volvió durante siete días; el
séptimo trajo en el pico una rama de sin-nadie, esa planta que crece
sola, lejos de las otras. Entonces la costurera entendió su soledad
(pues no existe otro igual en el mundo) y decidió hacerle una
compañera, una mirla de trapo con retazos de luz parda de anochecer; con
hilos de lunar, le cosió melodías que ella iba cantando; de
corazón, le puso un botón de nácar. Luego, se marcharon
los dos juntos. Antonia tenía fama de costurera fantástica.
Como se despistaba en sus ensoñaciones, incorporaba maravillas a la ropa
que cosía. Así, hizo una blusa amarilla para la hija del relojero
con botones en forma de reloj que decían la hora y dejaban sonar cantos
de mirlo, que ella les había cosido con hilos de rayo de luna.
También pudo leer el libro "Historias de ningures" -con todas sus
páginas en blanco pues en ellas había guardado la rama de
sin-nadie-, la historia de un rey tirano obsesionado por las arrugas que
mostraban el paso del tiempo e incapaz de soñar. Cuando una anciana
hechicera le echó la suerte del pajarillo, que en un rollito de papel le
anunció que podría soñar si conseguía la hierba de
sin-nadie, se la trajeron a su ventana el mirlo negro y la mirla parda. Esa
noche soñó. Y despertó alegre, hablando en ripios y
considerado con sus súbditos. A ella misma, con diez o doce
años, se le habían aparecido tres pájaros una vez que se
quedó dormida estando con las vacas, que regresaron solas a casa al
anochecer. Los paxaros la condujeron junto a un roble, en el que escribieron
con el pico tres hermosas, que ella supo leer sin haber ido a la escuela, hasta
que la encontraron sus padres. Como supo leer, pocos años
después, el lenguaje enigmático del cura conjurador llamado por
los vecinos de una parroquia ya que un "nubeiro lugrumante" provocaba la lluvia
para que no pudiesen acabar sus faenas. Con ayuda de Antonia, la única
que entendió sus palabras al revés, el cura encerró al
"nubeiro" dentro de un tonel. Era un ser muy pequeño que se quedó
a vivir con los humanos, a quien ella le puso de nombre Benvido das Mallas.
Como fue bienvenido un joven herrero, guapo y alto, que le encargó una
chaqueta de faena con música que le haría compañía
en la forja mientras trabajaba. Se la hizo, e incluso le cosió dentro
del bolsillo que coincide encima del corazón otro bolsillo
pequeño en el que metió un beso secreto y cálido.
Él le regaló unas tijeras de coser y descoser. Entonces
aparecieron la mirla de trapo en la ventana y el mirlo de hierro, que
surgió con el herrero. Enseñaron los mirlos sus tres crías
y desaparecieron, dejando solos a los dos jóvenes enamorados.
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