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La vieja Viriato, jabarín hembra, cuenta
su vida. Nacida en el monte, fue recogida por una familia. Pensando que era
macho, le llamaron Viriato, mas cuando se percataron de su error pasó a
ser conocida como Viri. Siendo adulta, la devolvieron a la Serra da Capelada,
en onde vagó desorientada, descubriendo la grandeza de sus espacios: San
André de Teixido o el Pozo do Inferno, vigilado por el perro
Cérbero. Pero en donde también acecha el peligro en forma de
fuego que arrasa todo o de los escopeteros con sus perros que la sorprenden
desprevenida el primer día de caza. Hace amigos: Ruza con su
sabiduría de años y sus hijas, las Pencas; Vanesa, cierva nacida
en una granja cinegética, inadaptada y sola, con una pata rota, a la que
no quiso acompañar, víctima luego de tres perros abandonados; y,
sobre todo, el Pillo, un jabalí de unos cinco años que incluso se
enfrentó a otro por ella, para luego dejarla. Con él
conoció el amor y desde entonces la acompaña la tristeza de no
estar juntos. Por despecho, tuvo una relación con el primero que
apareció, que la dejó preñada. Perdió las cuatro
crías escapando de los perros de caza o cruzando la peligrosa
autoestrada para intentar ver a su madre al otro lado de la ría.
Herida de metralla, y viendo A Capelada destrozada por los homes y las
máquinas de su supuesto progreso, que cambiaron los robles y avellanos
por eucaliptos y pinos, decide regresa a su hogar, junto al hombre de manos
grandes, antiguo montero cazador con lazos y trampas, a quien el evidente
deterioro de la naturaleza convertió a la causa ecologista. En el camino
se encontró con su mejor amiga, la Penca, con el Pillo: la había
abandonado por ella. Y aunque el conocido como Pardal le confesó que la
amaba, continuó hasta la aldea, triste y namorada. Sólo quedaban
ancianos, que la recibieron con alegría. Allí envejeció.
Con la espina amorosa clavada en el corazón. |