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Un hombre
subió un día a un árbol y construyó un nido. Para
no mojarse compró un impermeable amarillo, su plumaje. Cuando el
árbol se quedó sin hojas le fue pegando en sus ramas trozos de
papel con pequeñas historias. Por ellas sabemos de animales como el
potro que ignora por qué las bicicletas no pacen hierba y no tienen
crines o que las vacas les cuentan a sus terneros cuentos de ballenas-sirenas.
Además, aprendemos que los periódicos son libros tristes y su
papel se recicla en dibujo infantil, que un pantalón de peto
decidió vestir hoy a Susana y pasea todo presumido con ella dentro, que
el teléfono tiene un hombrecillo pequeño escondido o que a un
buzón de la calle una noche se le ocurrió comer todas las cartas,
también las tuyas... En este árbol en donde todo es posible,
estos juegos poéticos en prosa cuentan de la pata de palo de un pirata
durmido que se convertió en árbol y hablan del viento, ese
niño que juega, y de la noche, el borrón de tinta de un pulpo que
huye de un pirata por los mares del cielo. Hasta que la voz de la nieta
reclama al abuelo para cenar caliente. Sólo entonces bajó
él del árbol de las palabras. |