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En la aldea de
Mourelle el maestro don Arturo les propone a sus alumnos un trabajo de recogida
de leyendas sobre los "mouros". Adrián y Tino, dos chicos inquietos,
acuden al señor Xaquín, bisabuelo y padrino de Adrián,
lector incansable y hombre de profunda cultura popular, que les cuenta lo que
Cunqueiro escribió en un supuesto libro e historias de los que
anduvieron por la Mourelle: él mismo había visto a siete
bañándose desnudos en la fuente de la iglesia. El maestre tuvo
premios fantásticos para todos; a ellos les dio una lata de mermelada
blanca para la crianza de gazafellos pequeños. El problema es que no
saben nada de tales bichos. Tendrán que investigar. Buscan en la
sorprendente biblioteca del padrino, pero en ninguna enciclopedia encuentran
información. Aunque un libro de Vicente Risco, "O tobo dos gazafellos",
trata de sus costumbres y clases, no aporta imágenes de ellos ni manera
de localizarlos. Pegan un anuncio por la aldea por si alguien les puede ayudar,
sin éxito. De nuevo en la biblioteca, entran por un ventanuco que se
abre detrás de los libros: alumbrándose con cerillas en la
oscuridad, ven murciélagos que al golpear contra la pared se convierten
en papel, una luciérnaga gigante que en realidade es el espejo del moro
Sidi Alsir y la serpiente Smarís, que dio origen a Mourelle. Tino
ya sueña con moros ananos y gazafellos. Adrián pide gazafellos
pequeños en la carta a los Reyes Magos. El abuelo les confiesa que de
niño intentó encontrarlos. También su padre había
vivido la ilusión de cazarlos, que le pasó al crecer: cuando se
deja de creer en ellos, desaparecen. Aconsejados por el abuelo, van a casa del
señor Agustín, conocido como el Péndulo, pues dicen que
con él puede encontrar cualquier cosa. Cuando le aciertan unas
adivinanzas, les enseña en su despacho animales fantásticos ya
desaparecidos. La última adivinanza que les propone es un poema
acróstico: el lector puede saber, con las primeras letras de cada verso,
que los gazafellos no existen. |