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Reúne cuatro cuentos de la
tradición oral, incluyendo un apéndice con notas
bibliográficas y tipológicas. "As dúas nenas e as tres
boas señoras" (Xosé Miranda): Era una niña buena a quien
le comía la merienda camino de la escuela el perro de tres ancianas que
resultaron ser moras e hicieron que cuanto más se lavase más
hermosa fuese, que al llorar le cayesen perlas y al hablar joyas y oro.
Enterada la vecina mala, intentó que su maleducada hija obtuviese otro
tanto, pero ellas la castigaron a ser más fea, echar sapos por
lágrimas y culebras al hablar. Se vengó quitándole los
ojos a la niña buena y dejándola en el monte. Pero un pastor los
recuperó y se casaron. "A princesa e o xigante" (Xosé
Miranda): En los tiempos de María Castaña, el rey por cumplirle
el antojo a la reina embarazada le dio la única naranja del naranjo de
un malvado gigante, que le exigió a cambio la hija en cuanto cumpliese
tres años. Cuando tenía quince, Aurora entró en el
castillo encantado del gigante, y sólo pudo salir ayudada por los hijos
de él, gracias a tres flores que se convirtieron en selva, mar y muro
enorme. Pero el gigante la mordió arrancándole una mejilla, que
sólo le recuperó el príncipe enamorado mandando que la
quemasen para hacerla renacer de las cenizas. Y juntos fueron felices. "A
princesa que non ría" (Antonio Reigosa): Un rey que tenía una
hija que nunca reía, ofreció la man de ella y su reino a quien la
hiciese reír. Probaron muchos sin éxito. El último de los
estudiantes ayudó a una vieja y obtuvo de ella tres pelos que se
convirtieron en tres pájaros hermosísimos. Durmió en una
posada en la que había tres muchachas, que siguieron camino con
él prendadas de los pájaros y a medio vestir. Un cura, un
labrador y un tratante con cincuenta mulas, se unieron también a la
comitiva, que provocó la risa de la princesa y la boda del estudiante
con ella. "A burra, a mesa e o pao" (Xoán Ramiro Cuba): Un hombre
bueno como el pan, Xanciño, pobre y con ocho hijos, tuvo que ir a vender
el cerdo a la feria para mantenerlos. Por ayudar a un viejo aplastado por un
pino, se le escapó el cerdo. Aquel mostró su agradecimiento con
una burra que cagaba oro, que le cambiaron las muchachas de una posada; luego,
con una mesa que con sólo pedirlo se llenaba de comida, pero
también se la cambiaron, y finalmente con un garrote, con el que
batió en las jóvenes hasta que le devolvieron la burra y la mesa.
Y ya pudo volver a casa para comer hasta saciarse. |