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Toño de
Loureiro le propone a Lelo (joven que emigró hace tres años al
Brasil) un intercambio epistolar en el que cada uno contará sus
vivencias en tierras tan distantes. En la obra se recogen las cartas de
Toño y a partir de ellas podemos deducir las noticias sorprendentes de
la emigración, que despiertan el interés de sus amigos, con
quienes las comparte. Ambientadas en la aldea gallega, cuentan diferentes
episodios del espacio cotidiano de un niño de la época. Refieren
historias de animales, como las culebras (la aletargada por el frío que
trajo para casa y metió en orujo o la que vino con el tío bajo su
camisa cuando fue a pescar de noche), de burlas y juegos infantiles
(haciéndose pasar por fantasmas para asustar de noche a unos jugadores o
atrancando el camino con palos) o de las peleas contra los de otro lugar o por
una chica. Además, aparecen tradiciones como los cantos de Reyes, la
cueva del tesoro de los moros o la cultura de la muerte, sin olvidar un huido
de la guerra civil a quien los niños tratan de ayudar. Este es su mundo,
pequeño comparado con el que Lelo le cuenta de Brasil, en donde los
incendios son más grandes que su pequeña hoguera en el monte o
hay que investigar otros robos ante los cuales el suyo de unas cebollas resulta
ridículo. Acaba la correspondencia cuando Toño va a dejar la
escuela y Lelo se va a trasladar para Montevideo. Si le escribe desde su nueva
dirección, pueden continuar la correspondencia. |