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Ánxela Loureiro: Camiño perigoso
Ilustracións de Juan Carlos Abraldes
Col. Merlín, 126. Eds. Xerais
Vigo, 2002

Camiņo perigoso

Cuenta Alba, una chica de trece años hija de Xan o Poeta (que guía a los peregrinos desde el puerto hasta Santiago de Compostela, recitándoles poemas) y de una costurera, que su vida apacible cambió cuando unos esbirros de los Condes de Endrino llevaron en plena calle a su madre. Como su padre tampoco aparecía, decidió, pese a que todos le decían que tenía que olvidar y obedecer a los Señores, liberarlos alló en donde estuviesen. El anciano Pedro, el Cabreiro, le contó que el padre había salido con un grupo de campesinos para protestar ante el Señor de Endrino de Pontedemo por los impuestos excesivos que los condenaban a la miseria. Ninguno de los que lo acompañaban había regresado. Practicó con el tirapiedras, aprendió a usar el arco y dejando a sus tres hermanos preparados para buscarse la vida, se marchó a la búsqueda de sus padres.
Cortadas las trenzas para parecer un chico pobre, cerca de una pequeña población la despertaron dos enanos vestidos de zorros, una mujer barbuda, un hombre grande y un niño: Pulga, Piollo, Cipriana, Sansón y Froilán, de la compañía de farándula "Rite-rite", que le dieron comida. En Neda, en una posada, cuando enseñó el mapa de su padre le aconsejaron que se deshiciese de él pues el dueño era un "proscrito". Se escapó para uniéndose a los cómicos, que la protegieron vistiéndola de chica, para despistar a los perseguidores, que buscaban un joven. Esa noche actuó con ellos, que le ofrecieron la posibilidad de seguir con el grupo, que no aceptó.
En una gruta, fue descubierta por dos frailes bromistas, que le salvaron la vida matando a un jabalí dispuesto a atacarle. Incapaz de seguir su caminar, los perdió de vista. Despertó con gripe entre enfermos en un hospital sin las monedas (se las habían quedado los frailes, que la trajeron en su burro). Allí, el ciego Celestino descubrió que era chica y avisó al soldado Caramouco, que venía en su búsqueda, pero se libró gracias a la complicidad de la encargada, la anciana Madalena (Lena). Por ella supo que el hospital, las tierras y las gentes eran del Conde de Endrimo. Y que el ciego no era tal, sino un espía que controlaba a cuantos pasaban por el hospital. Le contó que había habido batalla con los hombres del Conde, y que los campesinos habían huído al monte, a donde la mandó con comida, llevando como guía a Marcelino. Vestida ya de chica, andando el monte, llegó hasta su padre: estaba herido, como los pocos hombres de su tropa, escondido en una cueva desde hacía 15 días. La madre estaba retenida en la torre del conde, como otras mujeres, para que los homes no incendiaran el castillo. Un mensajero trajo la noticia de que el conde quería encontrarse con el padre, mas éste dudaba de su interés real en negociar. Acordaron que ella informase sobre cómo andaban las cosas haciéndose pasar por hija de unos marqueses de Porto que habían llegado por el puerto de Ferreol para peregrinar a Santiago y, asmática, no pudiera continuar con ellos. Acompañaría o seu guía, Marcelino. Pasaron por onda Lena, que le aconsejó que se hiciese pasar por hija de un abad y le dio la campana de un ex peregrino de regalo para la hija de los condes, que le facilitaría comunicarse con ella y sus doncellas.
Ante las puertas de la muralla del castillo, perdió a Marcelino. Los guardias hicieron que la inspeccionase el ciego Celestino, a quien despistó cambiando la voz y haciéndose pasar por mayor con aquella ropa de niña rica; alegó que estaba buscando a los cómicos, que por fortuna estaban en la plaza, la acogieron con cariño y le ofrecieron actuar en la función del día siguiente. En la plaza del castillo, encontró a Marcelino, que había considerado menos peligroso que entrasen por separado. En su actuación, recitó un poema de su padre con tanto éxito que los contrataron para el día seguinte. Y allí se prometió con Froilán. Pudo hablar con la hija de los condes, Leonor, preocupada porque la costurera, a quien quiere mucho, se niega a comer. Había localizado a su madre. Con la disculpa de que tenía roto el vestido consiguió verla y animarla, transmitiéndole el plan de fuga de Marcelino. Esa noche, la madre pudo salir del castillo engañando a los guardas. Y fue al encuentro de su marido e hijos.
Acabada la actuación, Alba se despidió de los cómicos. Froilán le regaló una caracola que ella lleva cerca del corazón, acordando reunirse pasado un año en el puente. Por él está esperando, pero tarda. Tendrá aguardar otro día en la cabaña del niño pastor mudo y sordo, a quien le está contando esta historia. El padre se convirtió en jefe de los Irmandiños, aunque ella preferiría que siguiese de poeta, y cada vez son más... Y en este momento interrumpe su relato, pues viene un carro: en él por fin llega Froilán.

157 p. - 19x14 cm.                                                             ISBN    84-8302-894-8



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