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Cuenta Alba, una chica de trece años hija
de Xan o Poeta (que guía a los peregrinos desde el puerto hasta Santiago
de Compostela, recitándoles poemas) y de una costurera, que su vida
apacible cambió cuando unos esbirros de los Condes de Endrino llevaron
en plena calle a su madre. Como su padre tampoco aparecía,
decidió, pese a que todos le decían que tenía que olvidar
y obedecer a los Señores, liberarlos alló en donde estuviesen. El
anciano Pedro, el Cabreiro, le contó que el padre había salido
con un grupo de campesinos para protestar ante el Señor de Endrino de
Pontedemo por los impuestos excesivos que los condenaban a la miseria. Ninguno
de los que lo acompañaban había regresado. Practicó con el
tirapiedras, aprendió a usar el arco y dejando a sus tres hermanos
preparados para buscarse la vida, se marchó a la búsqueda de sus
padres. Cortadas las trenzas para parecer un chico pobre, cerca de una
pequeña población la despertaron dos enanos vestidos de zorros,
una mujer barbuda, un hombre grande y un niño: Pulga, Piollo, Cipriana,
Sansón y Froilán, de la compañía de
farándula "Rite-rite", que le dieron comida. En Neda, en una posada,
cuando enseñó el mapa de su padre le aconsejaron que se
deshiciese de él pues el dueño era un "proscrito". Se
escapó para uniéndose a los cómicos, que la protegieron
vistiéndola de chica, para despistar a los perseguidores, que buscaban
un joven. Esa noche actuó con ellos, que le ofrecieron la posibilidad de
seguir con el grupo, que no aceptó. En una gruta, fue descubierta
por dos frailes bromistas, que le salvaron la vida matando a un jabalí
dispuesto a atacarle. Incapaz de seguir su caminar, los perdió de vista.
Despertó con gripe entre enfermos en un hospital sin las monedas (se las
habían quedado los frailes, que la trajeron en su burro). Allí,
el ciego Celestino descubrió que era chica y avisó al soldado
Caramouco, que venía en su búsqueda, pero se libró gracias
a la complicidad de la encargada, la anciana Madalena (Lena). Por ella supo que
el hospital, las tierras y las gentes eran del Conde de Endrimo. Y que el ciego
no era tal, sino un espía que controlaba a cuantos pasaban por el
hospital. Le contó que había habido batalla con los hombres del
Conde, y que los campesinos habían huído al monte, a donde la
mandó con comida, llevando como guía a Marcelino. Vestida ya de
chica, andando el monte, llegó hasta su padre: estaba herido, como los
pocos hombres de su tropa, escondido en una cueva desde hacía 15
días. La madre estaba retenida en la torre del conde, como otras
mujeres, para que los homes no incendiaran el castillo. Un mensajero trajo la
noticia de que el conde quería encontrarse con el padre, mas éste
dudaba de su interés real en negociar. Acordaron que ella informase
sobre cómo andaban las cosas haciéndose pasar por hija de unos
marqueses de Porto que habían llegado por el puerto de Ferreol para
peregrinar a Santiago y, asmática, no pudiera continuar con ellos.
Acompañaría o seu guía, Marcelino. Pasaron por onda Lena,
que le aconsejó que se hiciese pasar por hija de un abad y le dio la
campana de un ex peregrino de regalo para la hija de los condes, que le
facilitaría comunicarse con ella y sus doncellas. Ante las puertas
de la muralla del castillo, perdió a Marcelino. Los guardias hicieron
que la inspeccionase el ciego Celestino, a quien despistó cambiando la
voz y haciéndose pasar por mayor con aquella ropa de niña rica;
alegó que estaba buscando a los cómicos, que por fortuna estaban
en la plaza, la acogieron con cariño y le ofrecieron actuar en la
función del día siguiente. En la plaza del castillo,
encontró a Marcelino, que había considerado menos peligroso que
entrasen por separado. En su actuación, recitó un poema de su
padre con tanto éxito que los contrataron para el día seguinte. Y
allí se prometió con Froilán. Pudo hablar con la hija de
los condes, Leonor, preocupada porque la costurera, a quien quiere mucho, se
niega a comer. Había localizado a su madre. Con la disculpa de que
tenía roto el vestido consiguió verla y animarla,
transmitiéndole el plan de fuga de Marcelino. Esa noche, la madre pudo
salir del castillo engañando a los guardas. Y fue al encuentro de su
marido e hijos. Acabada la actuación, Alba se despidió de los
cómicos. Froilán le regaló una caracola que ella lleva
cerca del corazón, acordando reunirse pasado un año en el puente.
Por él está esperando, pero tarda. Tendrá aguardar otro
día en la cabaña del niño pastor mudo y sordo, a quien le
está contando esta historia. El padre se convirtió en jefe de los
Irmandiños, aunque ella preferiría que siguiese de poeta, y cada
vez son más... Y en este momento interrumpe su relato, pues viene un
carro: en él por fin llega Froilán. |