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Agustín Fernández Paz Ilustraciones de Óscar Villán
Alzira: Algar, 2005 Colección Calcetín
Agustín Fernández Paz está en racha. No
solamente por haber encontrado aquella red atrapa-premios por la que tantos escritores
darían su bolígrafo talismán, sino porque las historias viajan para ir a
buscarle a domicilio, conscientes de que el profesor de lengua gallega tiene mucho trabajo y no
está para andar persiguiendo a nadie. Así, ellas, tan caprichosas, saben que si
él las escribe tendrán más garantías de salir proporcionadas,
simétricas; bonitas.
Y así, Fantasmas en el pasillo, es una obra delicada
que narra el rico mundo interior de Marina, una niña convencida de que en el pasillo de su
casa rondan unos fantasmas. No son fantasmas que den miedo, son espectros que molestan, sobretodo a
la fatídica hora de levantarse de la cama para ir al lavabo, y es que la naturaleza gusta de
hacernos andar entre fantasmas nocturnos a la mínima ocasión. Pero llamar fantasmas a
los fantasmas es algo banal, y Marina prefiere referirse a ellos como tundas, palabra inventada por
el autor que nos demuestra que muchas cosas al cambiar de nombre pierden algo del terror capaces de
imponer.
Escrito como si no costara nada escribir, Agustín
Fernández Paz consigue en un espacio tan reducido como un pasillo escribir un buen texto,
divertido y que se acaba casi como sin querer. Es, para que nos entendamos, un regate en corto
dentro del área pequeña.
Óscar Villán es el encargado de decorar el pasillo
con unos fantasmas nada convencionales. Negros en lugar de blancos, con narices rojas como
zanahorias mal impresas y cuatro piernas con sus cuatro zapatos en lugar de la típica y muy
incómoda cadena con bola. Personalmente debo reconocer que los fantasmas de Óscar
Villán me han gustado mucho, y si tuviera de esos en casa los preferiría así.
Una atención especial merece también la
colección Calcetín de Algar, que con pocos títulos está obligando a
muchos aficionados al género a detenernos delante de sus portadas al pasar por los estantes,
en ocasiones sobrecargados y arremolinados, de las librerías. Escrito por Gabriel García de Oro |