Tenemos ante nosotros una exposición de
trabajos de Miguelanxo Prado. Es decir, tenemos la posibilidad de contemplar
unas obras que, sin que nos percatemos, quedarán fijadas en nuestra
memoria y nos acompañarán durante mucho tiempo.
Durante toda la vida, en mi caso. Porque, desde el año 1983, cuando
conocí los cómics que más tarde Miguelanxo Prado
reuniría en un álbum inolvidable, Fragmentos de la
Enciclopedia Délfica, quedé deslumbrado con el trabajo y con
el mundo que allí se me ofrecía. Un deslumbramiento que no hizo
más que aumentar con el paso del tiempo, a medida que, en trabajos
sucesivos, iba viendo la capacidad de Miguelanxo Prado para fascinarnos a
través de sus historias y de sus imágenes.
Estamos hablando de un hombre que es, sin ninguna duda, un artista total, una
de esas escasas personas que tienen en su interior la capacidad de crear mundos
autónomos, cualquiera que sea el cauce artístico que utilicen
para expresarse. Que la obra de este hombre sea conocida y elogiada en toda
Europa, mientras en Galicia apenas se sabe de él, no es más que
un síntoma de los profundos desajustes culturales que padece nuestro
país.
Miguelanxo Prado es, sobre todo, un creador de mundos, un narrador de
historias. Su forma de expresión más querida es el cómic,
quizás porque en ella confluyen su interés por la literatura y su
pasión por la imagen. Él ha demostrado -con "calidad de
estilo y dureza conceptual", en palabras de Méndez Ferrín-
que se puede realizar un cómic diferente al que, lamentablemente,
estamos acostumbrados a ver. No hay más que leer Trazo de tiza
(un álbum que encierra una historia fascinante, justamente premiado
en toda Europa) o Páxinas crepusculares (su magnífico
álbum en gallego), por citar sólo algunas de sus últimas
publicaciones, para descubrir que Miguelanxo Prado es algo más que un
ilustrador o un autor de cómics. Observando el conjunto de su obra, el
concepto de artista total vuelve a surgir de un modo inevitable.
Ante cualquier obra de Miguelanxo Prado es fácil quedar asombrado por el
dominio técnico, por la perfección formal que se observa en ella.
Desde la frecuente elección de esos soportes oscuros (que luego le
permiten un tratamiento tan original de la luz, con unos blancos que destacan
con inusitada intensidad) hasta la rara facilidad para crear, cualquiera que
sea la técnica empleada, unas imágenes que nos cautivan por la
aparente sencillez y, sobre todo, por su fuerza expresiva.
Pero, con ser todo esto importante, a mí me parece que la fuerza de las
imágenes de Miguelanxo Prado está más allá de lo
que vemos en formas y colores. Para mí, la fuerza de esas
imágenes reside en lo que nos sugieren, en lo que despiertan en nuestro
interior cando las contemplamos. Porque hay algo en ellas que nos ayuda a
entender mejor lo que pasa y lo que nos pasa, como si, al atrapar la vida, nos
desvelasen lo que hay más allá de la superficie de las cosas.
A veces, Miguelanxo Prado crea sus imágenes a partir de la obra de otras
personas. Es el caso de algunos libros afortunados -casi todos pertenecientes a
lo que llamamos literatura infantil-juvenil-, que tienen la suerte de poder
contar sus historias ayudados por las imágenes de Miguelanxo.
Dos de esos libros afortunados contienen historias escritas por mí:
As flores radiactivas y Rapazas. En cada uno de ellos, Miguelanxo
utilizó propuestas diferentes. Y esas dos aproximaciones que él
realizó son una buena muestra de las dos vías que un ilustrador
puede escoger a la hora de hacer una ilustración a partir de un texto
determinado. Una de ellas es la consistente en contar la historia desde la
imagen, darle vida propia a lo que antes sólo eran palabras en el papel,
de manera que las ilustraciones constituyen una narración paralela y
complementaria. Ésa es la propuesta contenida en As flores
radiactivas. La otra vía, posiblemente más compleja y
difícil, es la de sugerir, a través de las imágenes, un
mundo que, además de ilustrar el relato, trasciende la historia e
ilumina aspectos que quizás estaban ocultos en ella. Las ilustraciones
de Rapazas, sobre todo las del último cuento, van en esa
dirección.
Pero el caso más significativo de estos trabajos sobre relatos de otros
es el del álbum Pedro e o lobo, hecho a partir de la vieja
historia -un cuento popular ruso, adaptado al gallego por Miguel-Anxo Murado- a
la que le puso música Sergei Prokofiev. Es fascinante contemplar las
imágenes que Miguelanxo Prado creó para contarnos
gráficamente esta historia (¿se pueden olvidar los ojos de Pedro,
asombrado ante los secretos que se esconden en el bosque, esa repetida
metáfora del mundo?), que él traslada a personajes y ambiente
gallegos, demostrando una vez más que sólo se puede ser universal
desde las raíces propias.
Disfrutemos, pues, de una muestra del trabajo de este artista que es Miguelanxo
Prado, felicitándonos por tener el privilegio de poder compartir con
él un tiempo y un país, tan presentes uno y otro en su
obra.
Agustín Fernández Paz
Presentación de la exposición "Obra gráfica infantil
e xuvenil" de Miguelanxo Prado en la 2ª Feira internacional do
libro infantil e xuvenil
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