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Ramón, mientras la maestra doña Felicitas
explica, está en las musarañas mirando para el muñeco de
madera articulado que tienen en el aula. De pronto, descubre con asombro que la
maestra había adoptado la forma del muñeco. Bien pensado, ser
bizco, que cada ojo mire para su lado, no deja de tener sus ventajas: de
regreso a casa, fusiona dos coches en uno con dos volantes y dos conductores,
mezclando las imágenes con la vista y ya en casa une el gato con un
jarrón de barro. Pero a nadie parece importarle: incluso el
médico anunció que a la profe pronto le pasaría; de hecho,
es un trozo de madera sin cara impartiendo clases con aparente normalidad.
Pero lo mejor de este su nuevo poder fue cuando se rio de él en la
escuela el abusón de Vicente: con rabia, lo fusionó con la
segunda palabra del título del libro "O burro máis listo do
mundo" y le salieron dos orejazas y un rabo. O en la calle, cuando unos
individuos con botazas y cabezas rapadas acorralaban a un muchacho con piel
algo más oscura vendedor de alfombras: le oscureció la piel y le
puso los llamativos colores de la alfombra a uno de los mastodontes, por lo que
los otros empezaron a perseguirlo.
Esa tarde fue al oculista: para corregir el defecto de los ojos tenía
que tapar con un parche uno de ellos. Le amargaba perder el don que acababa de
descubrir. Por otro lado, las transformaciones no eran irreversibles: aunque
Vicente seguía con rabo y orejas, doña Felicitas había
recuperado su forma original.
Aunque, pensándolo bien, siempre le quedaría la posibilidad de
provocar una nueva fusión: despegando el parche un momento y
pegándolo de nuevo sin que su madre se enterase.
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