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Minia estaba continuamente viendo la
televisión. Pero un día al irse a acostar entró en el
libro de cuentos. Con ellos soñó toda la noche. Entró
así en el tiempo en que los animales hablan y conoció al burro
Ministro de paseo por una ciudad no hecha para él; a la niña con
el pájaro que aprendió a hablar y le pidió salir de la
jaula y pasear; al cerdo de Martiño, que cambiaba de color según
su estado de ánimo; al gato Lourenzo, que atravesó el País
del Invierno para visitar la tierra de su novia, o al que por goloso se
quedó con la chocolatera encajada en la cabeza. Sin olvidar al caballito
del tiovivo cansado de dar vueltas para no llegar a ninguna parte, que
marchó a conocer mundo. Eran sueños de colores, como el
dorado que consiguió la rosa sin color o los de la familia
Coriñas del reino en el que no se permitía que nadie fuese
diferente. Y menos mal que Tesio pintó los colores del mundo, que antes
era todo negro. En este viaje maravilloso, supo de don Lado Dereito, medio
hombre, que se casó con doña Lado Esquerdo, otra mitad, y
tuvieron medios hijos gemelos que juntos hacían un niño completo.
Porque con la imaginación se solucionan problemas como el de la
inundación de Lameiro, que, al levantarlo, deja pasar el agua por
debajo. Por eso cuando Exidia conoce a la última hada, que le va a
enseñar sus poderes, le asalta una duda: si ella va a ser su sucesora,
¿qué puede contestar cuandos los adultos le pregunten qué
va a ser de mayor? |