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Conjunto de cuatro cartas unidas por un
eslabón común: el amor. Comienza con la carta a la amada, como
origen y fin de su escritura, pues todo cuanto escribió fue como una
carta dirigida a ella. El amor que siente estuvo siempre mantenido por las
palabras de los poemas robados a otros para ella, primero, y de los textos que
él escribió, después, y que ella compartía
leyéndolos con emoción. Porque contarse un cuento es el mejor
conjuro para desterrar la magia que intenta destruir el amor. El hijo es el
destinatario siguiente de una carta que le debe desde hace años, desde
los primeros tiempos de los libros que compartieron, incluso alternando la
lectura, hasta ahora que ya no lo necesita para sus viajes por los
libros. El recuerdo de la madre, después de tantos años en los
que pervive en la memoria, también está llena de palabras, de las
enigmáticas letras de los tangos cantados, los recitados de versos de
San Juan de la Cruz o las lecturas que él le hacía en voz
alta. La literatura, personificada en Robert L. Stevenson o Tusitala, cierra
la serie. La reiterada lectura de la fascinante "La isla del tesoro"
consiguió que aprendiera a leer de verdad y a amar en
libertad. Cierran el libro una nueva carta y una entrevista. A modo de
reflexión compartida, el escritor se dirige al lector porque una carta
es una manera de comunicarse y conocerse tanto como de reconocerse en las
propias palabras. Además de la aventura de la búsqueda
anecdótica de la palabra desconocida dipsómano, concluye con un
llamamiento a que el lector mantenga encendida la llama de los relatos
leídos o escuchados para que no se quiebre la infinita tela de
araña de los narradores que van pasando los relatos a través del
tiempo y del espacio. Y, finalmente, el ilustrador presenta a manera de
entrevista su concepción del trabajo con la imagen, que debe aportar
otras lecturas al texto, incluídas las que lo contradicen para ampliar
así sus significados. |