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Alicia es una chica traviesa de muy buen
corazón, que quiere descubrir las cosas por sí misma. Con sus
cuatro amigos (Álvaro, Aida, Anxo y Alba) está construyendo una
cabaña de retama y palos en el Campo da Igrexa de Eiravella. En ello
estaban cuando apareció Pumariño, un hombre de unos setenta
años que habla con dibujos en el suelo y gestos, que se ofrece a
ayudarles. Con la personalidad transtornada desde que siendo niño vio
cómo mataban a su padre en la guerra, tiene la obsesión de
deshacer muros buscando entre las piedras un puchero de oro que supuestamente
ocultó su padre cantero, por lo que los adultos no quieren que sus hijos
se relacionen con él por "loco". Como, últimamente,
hace agujeros en las paredes de las casas buscando el puchero, amenazado por
los vecinos, desde hace unos días no se deja ver por Eiravella.
A iniciativa de Alicia van a su casa, en donde guarda llaves y relojes que
encontró en los muros y también unos hermosos dibujos, sobre todo
uno con dos manos unidas rogando, pintado por él a partir de un dibujo
de Durero. E también la figura desaparecida de San Paio, tallada en
madera de un cerezo suyo. Los chicos compartirán sus secretos.
Vuelven otro día junto a él, que los lleva a una misteriosa casa.
En la sala, hay numerosos cuadros pintados por el dueño, ausente. Tienen
la particularidad de que se puede entrar en ellos: él se mete en el de
una casa con tres puertas; Alicia, en el de una manzana colgada en una cueva
colorista, de sabor maravilloso; Álvaro, en el de un sorprendnete bosque
en donde los árboles parecen vivos; Anxo, en el de un pligroso
videojuego. Mientras están en los cuadros, el tiempo se detiene.
Al día siguiente, en la casa ya no están los lienzos del
día anterior. Solamente hay uno: una laberíntica estructura de
vigas y columnas con una torre en medio. Entran todos en él y llegan a
una ciudad, en la que dos guardias les permiten entrar con la condición
de que non hablen con los miles de trabajadores del campo ni entren en la
Torre. Alicia se atreve a hablar con Lucrecia, que le cuenta que sus padres
habían venido a trabajar a la ciudad para recuperar sus alas y retornar
a su país con ellas, que les permitirían volar de nuevo en
libertad. En una taberna, encuentran a Duarte, un hombre barbudo con
bastón: el pintor amigo de Pumariño. Había entrado en el
cuadro que estaba pintando, intentando descubrir dentro de él la posible
belleza existente en ese futuro que no le gusta. Les explica que los padres de
Lucrecia, como los demás, tuvieron que salir de su país para
buscar el pan; sin él, les faltaban las alas de la libertad, que
recuperarán cuando tengan dinero y puedan regresar a su tierra. Entre
tanto, Pumariño escalando la Torre y haciendo agujeros en las paredes,
encuentra el puchero.
Cuando los guardias descubren a Duarte y los jóvenes dentro de la Torre,
los hacen prisioneros. Liberados por Alicia, son luego perseguidos entre una
maraña de escaleras, que no se sabe si suben o bajan ni a dónde
llevan (descubren así a una mujer muy hermosa en lo alto de la Torre,
prueba, para el pintor, de que también allí existe la belleza)
hasta que, capturada Alicia, el Señor de la Torre amenaza con matarla si
no recupera el puchero. Escapan todos cuando Pumariño se lo arroja a la
cabeza, derramando su contenido, que recoge la gente: son monedas de oro, que
por cierto tienen una cierta forma de ala de pájaro. Pintando en una
pared blanca la fachada de una casa, la puerta los trae de regreso a la casa de
los cuadros. Son ya casi las ocho y los chicos deben volver a sus casas, pero
Duarte trabaja toda la noche en el cuadro. Al día seguinte, había
desaparecido el laberinto, tenía en el centro una torre con agujeros en
las paredes y en la terraza la hermosa mujer con el aire pasándole las
hojas al libro de poemas.
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