|
Cuenta el narrador que cuando
tenía doce años se le ocurrió un juego que se llegó
a convertir en una pasión: cazaba una mariposa y la metía en la
boca. Aguantando la respiración todo lo posible, con las mejillas
hinchadas, vivía el placer de notarla revolotear dentro. Sin causarle
daño, la dejaba luego huír volando. Un día le
enseñó el juego a una chica de la que estaba enamorado. Pero ella
aguantaba poco tiempo la mariposa en su boca. Como le hacía cosquillas,
empezaba a reír, dejándola escapar. El aprendizaje del juego se
convirtió en el sentido de su relación. Aunque le producía
desasosiego comprobar que la joven no aprendía a compartirlo. Hasta
que un día, mientras la mariposa le llenaba la boca de azul y cerraba
los ojos para identificar bien todas las sensaciones, ella le pidió que
se la pasase. La mariposa pasó de boca a boca. Entonces sintió
por primera vez prolongarse el placer de cuando él la tenía,
mientras ella la guardó en la suya con los ojos cerrados. Cuando la
dejó salir, la chica dijo que ya empezaba a saber tener una mariposa en
la boca. Y se marchó corriendo, pero no sin antes pedirle que al
día siguiente le pasase otra. Entonces sintió miles y miles
de mariposas volando dentro de sí. El texto, muy breve, de
pasión contenida, evoca un mundo de sensaciones compartidas con el
primor de las ilustraciones a toda página.
|