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En unas consideraciones previas, el narrador le
advierte al lector que Adelaida existe: Adelaida eres tú. Sus historias
y las del primo Henrique son tuyas. Donde veas la cara de ellos pon la tuya,
"¡porque este libro trata de ti". Adelaida es tremenda, porque lo que
no se le ocurre a ella no se le ocurre a nadie. Es una niña espabilada
que siempre está corriendo. Lo que más le gusta es dibujar, por
eso se puso muy contenta cuando encontró una caja con doce
lápices de colores que había sido del abuelo. Era una caja
mágica pues pintaba en una fotografía o postal y lo que
había pintado se tornaba real. Así: le pintó bigote a la
directora del colegio cuando la castigó por correr por el pasillo y a la
mañana siguiente apareció con la cara medio tapada con un velito
para que no se le viera; a su hermano de ocho meses, un pato, con el que se
puso a jugar; al alcalde, la advertencia en las manos de que le
plantaría un árbol en cada oreja si insistía en hacer un
aparcamiento en la plaza y cortar los árboles, que ella consiguió
que reaparecieran coloreándolos en una postal; y más cosas para
Airavella: una fuente, un jardín, toboganes... Un día un
compañero del padre le preguntó a quien quería más.
Ella dijo que a la madre. Luego, el padre en casa fingió que se
había enfadado y ella le reprochó que no sabía hacer nada
en la casa y acabó llorando porque lo quiere mucho. Él nunca sabe
donde están las cosas de casa y un día que no estaba la mujer
tuvo que coger unos llamativos calzoncillos del hermano mayor de Adelaida, que
llevaban en medio una leyenda "¡Venga fiesta que aquí estoy yo!".
Con ellos fue al funeral de un pariente, y por miedo a tener un accidente y que
se los vieran en el hospital fue en el coche con más prudencia que
nunca. Y en casa no se enfadó al contarlo, sino que reía. El
primo Henrique, que es listo como un rayo, le contó que volvió al
bosque donde un día se había perdido y lo habían
encontrado dormido en una cueva, y vio un ser amarillo, de menos de medio metro
y con escarpines de lana, que le dijo con mucho secreto ser el duende
Cerumeiro. Y como el chaval nunca había visto el mar, el duende le dijo
que lo vería: esa noche soñó que iba al mar y al despertar
le salió arena de la playa de un zapato. Busca siempre la complicidad de
la prima. Un día le contó que se había enamorado de la
maravillosa maestra de los pequeños. Adelaida le aconsejó que no
renunciase a esa hermosa sensación. El narrador confiesa que
conoció a Adelaida un día que dio un largo paseo hasta el mar.
Allí estaba ella sentada en una laja con las piernas colgando, en la
orilla del mundo y sabiendo que el mundo está detrás. Se
sentó junto a ella, que iba allí para estar sola y pensar, cosa
que hacía desde que le había pasado lo de la luna. Una noche que
no lograba dormir, mirando para ella le vinieron a la cabeza acontecimientos
que había visto en la tele, leído en el periódico o
escuchado a sus padres sobre niños que mueren de hambre, las guerras...
y entonces le pareció que pensando en ellas les daba fuerza la esas
personas y sufrían menos. A Adelaida le gustan mucho las historias de
la abuela, que un día le contó que siendo joven le gustaba mucho
un chico al que veía cuando iba a regar la ropa que tenía a
aclarar, y le explicó lo que era el aclarado. Al día siguiente,
Adelaida lavó dos blusas blancas y las llevó a aclarar a una
placita con jardín, tendiéndolas en la hierba. Cuando las vio, un
guardia le llamó la atención pues estaba prohibido por las
ordenanzas municipales. Enseguida se juntó gente llevando ropa a
aclarar, por lo que el alcalde, como además estaban próximas las
elecciones, desistió de mandarlos retirarse. Encontró en el
desván una capillita de madera con un santo dentro, con la cabeza
atravesada por una espada. Le explicó el padre que era san Pedro de
Verona, abogoso contra los males de la cabeza y los hechizos, que en la aldea
iba de casa en casa todo el año. Y cuando le dieron los padres permiso
para ir de acampada y pasar por primera vez una noche fuera de la casa con
amigos y amigas de su edad -pero sólo si no llovía- al ver en el
telediario que al día siguiente iba a haber borrasca le pidió al
santo que aplazase la llegada del agua. Al despertar, llovía a mares.
Ella se enfadó y posó el santo en la solera de la ventana ya que
tanto le gustaba la lluvia... Cuando a la noche lo metió para dentro
estaba en un estado lamentable, con los colores corridos... le había
estado bien, por no hacerle el favor, dijo ella. Un día que la madre
llamó a una amiga para hacerle un pedido para la tienda, como
había comprado un teléfono sin hilos le respondió desde el
baño, en donde estaba cagando. A la madre le pareció muy mal que
explicara la intimidad cuando era tan presumida... Estaba el narrador
pensando en el contenido de este capítulo cuando se le presentó
Adelaida y le reprochó que tratase a los personajes como títeres
haciendo con ellos lo que quería. Él le respondió que era
libre de marcharse o quedar. La niña se sentó y manifestó
su disconformidad con que contase sus pensamientos y que los leyese tanta
gente, y que presentase a su padre como torpe y comodón, pues es de otra
manera: la llama de noche para que vea las constelaciones, le
enseñó el aroma de la madresilva... Pero cuando él le dice
que seguramente también tiene queja de como queda el alcalde, ella se
levanta y se va sin decir nada. Un relato con la misma protagonista, que
supone el germen de esta narración, figura en el libro colectivo
Trazos, trozos e retrincos.
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