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Bibi le tenía miedo a la noche y por eso nunca
quería irse dormir, pues en la oscuridad acechaban monstruos peludos, se
escuchaban ruidos misteriosos y las sombras ocupaban todo el aire de la
habitación como si la quisiesen ahogar. Hasta que un día le
cayó un diente, vino el ratoncito Pérez y la llevó al otro
lado de la noche. Se hizo entonces amiga de las arañas y los sapos, que
le enseñaron a hablar con los monstruos: Lapadoiras, que roe sin parar
las cosas amarillas y la luna (Bibi la probó: sabe a queso);
Sacáuntos, que cuida los rebaños de nubes quitándoles los
untos para que no engorden y permitan ver el cielo; Cocón, que chupa las
sombras nocturnas y las escupe de día.
Conoció así a los monstruos de enorme dentadura que durante la
noche comen la oscuridad y duermen de día. Regresó cuando las
arañas le pidieron que apurase, para enrollar la persiana de la noche y
dejar asomar el día.
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