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Helena vive en una calle de casas
idénticas con un pequeño jardín, diferente de la de Xoel,
estrecha y con casas antiguas, por donde pasa para buscarlo e ir juntos al
colegio. Por las tardes, se reúnen en el prado bajo el gran roble: es su
refugio secreto. Una mañana encontraron en la calle a muy poca
gente, que conversaba en voz baja. Las ventanas estaban cerradas y reinaba un
raro silencio. En la escuela, Violeta, la maestra, estaba seria e incluso dos
lágrimas le resbalaron por el rostro. A la mañana siguiente,
algunos comercios aparecieron cerrados y con palabras ofensivas en las puertas.
Algunas personas caminaban apresuradas mientras grupos de hombres alardeaban en
voz alta. Había un mal aire que parecía envenenar la villa
entera, como si un fantasma invisible les hubiese robado la sonrisa a unos para
dársela a otros. Esa noche, los padres le prohibieron la Helena seguir
jugando con Xoel o ir por su barrio: que hiciese amigos entre los vecinos. El
fantasma también erguía muros invisibles que separaban a las
personas, como el que esa noche había alzado entre ella y sus padres.
Cuando vio a Xoel, comentaron de las ventanas con cristales rotos, de las
miradas de desprecio, de los discursos apasionados de la radio con palabras
como "ilegales" o "segregación". Ellos prometieron seguir siendo amigos
siempre y guardaron una cajita metálica con un cartón con las
iniciales de sus nombres en un agujero junto al roble. A la mañana
siguiente, una alta reja partía la villa en dos. El barrio antiguo,
entre la reja y el río, semejaba una cárcel. En el colegio,
faltaban Xoel y más alumnos. A través de la reja, esa tarde
él le explicó que nadie podía cruzar al otro lado sin
permiso, a lo mejor porque los de su lado tienen la piel morena o son
más pobres y los del barrio de Helena son gente elegante. Según
su madre, ese muro ya existía, aunque era invisible. Había unas
pocas puertas con guardas de uniforme gris que sólo autorizaban
traspasarlas en contadas ocasiones. Mas ellos seguían hablando a
través de la reja. Hasta que unas semanas después levantaron un
alto muro de cemento coronado por alambre de espiños, que ocultaba a la
vista lo que había del otro lado. Y se erguían otros muros
invisibles en la escuela (de donde Violeta había marchado y la nueva
profe hablaba con desprecio de los habitantes del otro lado del muro) o en
casa, en donde no se atrevía a comentar nada que tuviese que ver con su
amigo. Intentó hablar con Xoel a grito pelado mas un guarda se lo
prohibió, pues no se podía hablar con nadie de la zona
restringida. Entonces arrojó al otro lado un papel doblado atado a una
cuerda y con una piedra. Y Xoel le contestó que su colegio era un viejo
almacén, sin... y que la gente andaba triste pensando en abandonar el
país. Hasta que el guarda le prohibió seguir arrojando las
piedras o acercarse al muro. Entonces arrojó cartas envueltas en
plástico río abajo en barcos de papel grueso que repelía
el agua, que él nunca llegó a recibir. Un día Xoel le
envió un mensaje en el código secreto de los dos en un
avión de papel, pero luego de días de intercambio un vigilante le
prohibió volar aviones de papel. Ella, triste, no podía
apartar de su pensamiento la imagen de su amigo de pelo negro y piel morena que
contrastaba con su pelo loiro y piel blanca. Les gustaba construir historias
juntos: Helena escribía el cuento y él lo ilustraba con sus
dibujos. Cuando en primavera el prado se cubrió de margaritas, vio en el
aire una cometa roja con las iniciales de sus nombres. La tarde siguiente ella
también echó a volar una verde con las dos iniciales. Y las dos
cometas se dejaron arrastrar por la brisa, juntas. Al día siguiente,
otros niños y niñas de los dos lados del muro echaron a volar
cometas, libres y de colores. |