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Adrián, a
sus 26 años, vivía solo, sin tener a quien amar ni ser amado.
Había trabajado de payaso para fiestas infantiles o en una
floristería, en donde hacía las dedicatorias de los ramos
más poéticas, pero todavía seguía buscando un
empleo que lle permitiese ser feliz haciendo máis feliz a la gente
anónima con la que se cruzaba cada día. Leyó en un anuncio
por palabras del periódico la oferta de trabajo en una empresa de
mensajería, O Raio Veloz, y acudió a la entrevista. La
dueña, Rosa, era una mujer muy agradable, aproximadamente de su misma
edad menos, entre otras curiosas coincidencias, que al final incluso juega con
él a asociar palabras y a las adivinazas. Lo contrató por el mes
de Diciembre. Así comenzó su oportunidad de axudar a la gente
a pasar mejor las fiestas, que no desaprovechó. Cuando tuvo que llevar
las notas de una profe enferma, modificó los suspensos por notas que
buscaban animar a los malos estudiantes. Eran su regalo de Rey Mago.
Cambió las delicatessen de la cesta de Navidad de un conocido empresario
local, rico y gordo, por la modesta bolsa de la compra de una mujer con dos
hijas de un barrio humilde. Cuando tuvo que llevar los libros, cds, una pulsera
o el anillo, que una mujer llorando le devolvía a su ex novio con una
nota de desamor, él corrigió el escrito, dejando la puerta
abierta a una posible última cita de reconciliación, que esa
misma tarde se produjo. Dejó en libertad a seis hermosos jilgueros, que
iban a ser la comida de una serpiente del Amazonas que actuaba en una sala de
fiestas: paralizaba los pájaros con la mirada y luego los devoraba.
Metió en su lugar en la caja unos de cerámica. Y aquella tarde
recibió él una gardenia, acompañada de una tarjeta
misteriosa que indicaba que el verdadero amor solamente se presenta una vez en
la vida. Y en días sucesivos le llevaron envíos sorprendentes:
doce rosas rojas y unos versos de Eluard, la poesía completa de
Cunqueiro, un cd de jazz, una caja de bombones, el dvd de Días de
radio y finalmente un camelio jovencito. Cada paquete traía una
tarjeta y entre todas componían un jeroglífico que logró
resolver: podría saber quien se las había enviado acudiendo el
día 25 a las doce a la Plaza de las Palomas. Allí estaba Rosa,
esperándolo. Adrián pensó entonces en el azar que
había hecho que leyera el anuncio y lo había conducido al empleo
y a la mujer que durante tantos años había
soñado. |