 |
Sara, una joven de 16 años, escribe dos
meses después, en la soledade de su habiotación en A
Coruña, sobre los días de agosto en Viveiro que le cambiaron la
vida, cando dejó de ser una niña alocada, no solamente por el
descubrimiento del propio cuerpo con Daniel aquella noche en la playa. Pese
a haber muerto la abuela, mamá Laura, unos meses antes, su madre
(novelista de éxito; su padre, funcionario de Hacienda) decidió
que debían pasar las vacaciones como siempre en la casa familiar de
Viveiro. Sara aceptó resignada pues no podría estar con Fran, su
novio. Tuvo que instalarse en la habitación del tío Moncho,
cerrada por deseo de la abuela desde su muerte, soltero, hacía muchos
años. Entre los libros, en uno de poesía descubrió escrito
a mano un hermoso poema de amor de Cabanillas. Luego, sintiendo una presencia
extraña a su espalda, como si hubiese alguien más en el cuarto,
tardó en conciliar el sueño. Al día siguiente
salió con una amiga, Aurora, y al regreso la acompañó
Daniel, un joven vigués que conoció el primer día de
vacaciones, quien en la complicidad de la noche le dio un largo beso como los
de Fran, al que ella correspondió. Ya en la habitación,
descubrió un compartimento secreto del armario que guardaba revistas
gallegas de la II República, fotos familiares y también del
tío Moncho con una hermosa mujer llamada Sara Salgueiro. Y cartas de
amor de esta. Datadas entre septiembre del 32 y agosto del 36, ella (maestra
galleguista, como él) le declara su amor eterno y el miedo por tantos
muertos que aparecen cada día (con especial saña, los maestros) y
le cuenta que se va a marchar para Buenos Aires, con la esperanza de que se
puedan reunir allí. Hay también una especie de diario de
él escrito en la prisión en un cuaderno: en julio del 36
intentó librarse de la muerte segura escapando para Vigo, pero lo
prendieron en la cárcel de la isla de San Simón; luego, en la de
Pontevedra. Hasta que lo juzgaron condenándolo a 20 años por
predicar ideas galleguistas y progresistas, que cumplió en la
cárcel de León. En las últimas páginas del cuaderno
en septiembre del 43 se muestra desesperanzado. Pese a que celebraban el
cumpleaños de su padre, a la mañana siguiente, cuando la madre
supo de la existencia de las cartas se recluyó en la habitación
para leerlas. Mientras, su padre le explicó que el tío,
Ramón Peña Díaz, había sido miembro de las
Irmandades da Fala y del Partido Galeguista. Al salir en libertad, en el 45,
había montado un taller de carpintería. Poco después,
moría atropellado por un coche que unas tablas no le dejaron ver y la
sordera que traía de la cárcel le impidió oír. Sara
debe heredar sus papeles para combatir la "desmemoria" en la que fue educada su
generación. Como guiada por unha presencia invisible, tamén
atopou a rapaza dentro dun exemplar dos "Veinte poemas de amor y una
canción desesperada" tres cartas de Sara Salgueiro desde Arxentina: la
primera, de 1943, de amor; en la última, de le Navidad del 45, anunciaba
que se iba a casar, resignada a no volver a Galicia. La llegada del hermano
Xavier con sus gemelas hizo que no volviesen a hablar del tío Moncho.
Daniel regresó a Vigo, después de una muy afectuosa despedida
nocturna en la playa. No quedaron de verse en el inverno pues los dos
sabían que lo suyo habia sido una buena amistad y una maravillosa
experiencia compartida. Acabadas las vacaciones, de nuevo en A
Coruña, el 14 de septiembre fueron madre e hija a la isla de San
Simón, para cumplir la promesa de visita que el tío no
había podido realizar. Cuando el guarda acabó de
enseñarles la isla, las dejó solas y Sara, siguiendo las
indicaciones del diario, encontró en un hueco de la pared del cementerio
una vieja caja de betún de los zapatos con el anillo de oro con el
nombre de Sara grabado en su interior. Era también su nombre, por lo que
la madre, emocionada, le dijo que era para ella. El tío Moncho ya
podía descansar tranquilo. Y ella siente que el anillo la llena de
confianza cada nuevo día. Gracias a él no le tiene miedo al
futuro. |