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Edición de dos cuentos de Paco Martín en torno al
mundo de los mayores. El primero presenta a un vagón de ferrocarril
que despertó en una estación desconocida, solo, en una vía
muerta. Era de primera clase, nunca había ido en la cola del tren.
Quizás lo dejaron allí para llevarlo a los talleres. La noche
anterior el tren se había detenido un montón de tiempo en una
pequeña estación y él se había quedado dormido por
cansancio. Pasó la primavera y el verano. Allí seguía. El
óxido y la maleza se extendían por su armazón,
corrían los ratones por los asientos y un niño había roto
a pedradas los cristales de dos ventanillas. Con el otoño, llegó
la tristeza. Una noche, un hombre mayor, tan pobre que no tenía sitio en
donde guarecerse, durmió en él huyendo del rigor del invierno y
se despertó contento: había pasado la noche soñando
viajes. Hizo de él su residencia nocturna. Y soñaban los dos: el
vagón, que era nuevo y brillante; el vagabundo, que conocía a una
dama hermosa, se enamoraba, y viajaban juntos a la ópera a Viena o al
ballet a Moscú. Acabando el invierno, el hombre no volvió a
despertar. Entonces un funcionario de la compañía ferroviaria
dijo que había que deshacerse del vagón, que era sólo un
amasijo de hierros inútil. "E iso era o que o vagón quería
para poder seguir compartindo os soños co seu amigo dos últimos
tempos". "O xardín" hermoso de una pequeña ciudad costera era
frecuentado por marineros jubilados, señoras que iban a calcetar,
niños... y una anciana de enormes ojos claros y eterna sonrisa amable
que nunca hablaba con nadie. Para los niños, era como los
árboles, como si siempre hubiera estado allí. La gente
empezó a decir cosas de ella: que estaba también toda la noche en
el jardín, que al amanecer se entendíase con los pajarillos, que
no comía ni dormía... Para unos era una pobre loca escapada del
sanatorio; según otros, una bruja que pretendía hechizar a todos
los niños; para la madre de Ramirito, una señora llena de
collares, también era algo culpable de que su hijo hubiese suspendido
cinco en el colegio, además de que los profes le tuviesen manía.
Los padres y madres les prohibieron a sus hijos que jugasen en el
jardín. Hubo protestas incluso por escrito contra su presencia.
Entonces, el señor alcalde decidió intervenir en el asunto. Con
el bastón de mando y rodeado de guardias, se dirigió al banco
verde en el que ella se sentaba y pronunción un discurso
conminándola a abandonar la población antes de ocho horas. De
repente, la anciana se marchó. Y en el jardín desaparecieron las
flores, los pájaros y la hierba verde; los marineros jubilados y las
señoras de la calceta sintieron tristeza y los niños empezaron a
llorar. Sólo un hombre gordo, el padre de Ramirito, se alegró:
así podría construír allí una fábrica de
flores de plástico para los entierros y ganar un montón de
dinero. Como en los otros volúmenes de la colección, la
ilustración ocupa la mayor parte de la página. Las páginas
centrales contienen un juego visual. La edición se acompaña con
una cinta de cassette que contiene el texto leído por el
autor. |