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Glub vive en un acuario, en donde la vida non es
tan sencilla como aparenta. Cuenta dos incidentes verderamente peligrosos.
La mañana anterior al concurso anual de saltos, cuando, aconsejado por
el amigo Guá, estaba ensayando la reverencia para engatusar al jurado,
una nube negra oscureció todo: era Pinki, el gato de casa, dispuesto a
comerlos. Indiferente a la desbandada general, el tonto de Blop seguía
sopa, dormitando coma siempre entre las burbujas de oxígeno. Iba Glub a
librarlo del peligro gatuno mediante una maniobra de distracción con su
fabuloso salto do delfín, cuando una voz le ordenó a David que
llevase a Pinki del salón. Glub soltó su potente grito de
victoria (que, aunque quería ser un "¡Gooool!" como el que
había oído un día en la radio de David, siempre le
salía un impresentable "Glub", que por cierto fue el origen de su
nombre). Perdió así la oportunidad de quedar como un gran
saltador. Como Gulp, el campeón del año anterior con su
cuerpo atlético, mira para él con risa de superioridad, practica
tanto las cabriolas, sobre todo cuando vienen visitas a casa, que acaba mareado
y por la noche, con la fatiga, se queda dormido en cualquier sitio. En una de
esas, despertó en una bolsa de plástico. Lo llevaban unos
ladrones, con el televisor o el ordenador. Era un regalo para la hermana del
más joven. La intervención de Pinki, metiéndose como un
tigre entre las piernas de su secuestrador y enganchándosele luego en el
jersey, hizo que este soltase la bolsa de repente cayendo Glub al suelo, en
donde ahogaba sin agua ni oxígeno. Hasta que llegó la
policía. Pero los humanos no o veían por más que gritaba y
se agitaba. Pero sí el gato, dispuesto a zamparlo cuando se cansase de
saltar. Entonces lo descubrió David y lo recogió, aliviado por
recuperar a Supermario, que es como llaman a Glub. Quien, por cierto, de
regreso en el acuario, fue recibido como un héroe. |