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El
viejo reloj del Ayuntamiento tenía cada vez más averías,
pues la una no hacía más que llorar porque las otras horas no
hablaban con ella por estar muy ocupadas. Por eso un día decidió
marcharse a conocer mundo. De noche, se recogió en el taller de un
relojero. Allí conoció a Saturniño, un reloj de pared
antiguo; a Gumersindo, uno de bolsillo; a Cachirulo, el de cuco que
pretendía que su paxaro silbase en vez de seguir siempre con su
cucú, y a un reloj digital, sólo con números y sin agujas.
Quedó dormida junto a ellos y la despertó Repenique, el
despertador, que le explicó que es una hora importante, ya que a la una
salen los niños de la escuela y la gente va a comer, por lo que debe
volver a su reloj. Convencida, se marchó la una para allá y
llegó faltando segundos para su hora. Todas las agujas la recibieron muy
contentas. Y en ese momento en todo el pueblo se oyó UNA gran
campanada. |