 |
Todo empezó aquel día en Outumuro de Eiravedra en
el que yo, zapatero remendón de unos 18 años, me sentía
muy inquieto. Llegó la sra. Cristina para que le reparase unos zapatos.
Pero le contesté que había decidido no trabajar más: iba a
salir mundo adelante a la búsqueda de sorpresas dejándome guiar
por el sentido de mi nariz. Otros vecinos intentaron que olvidase esta locura
mas nada consiguieron. Al día siguiente, cerré la puerta del
taller y me marché. Encontré una pequeña rana que me
habló: era la princesa Florbelida, hechizada por la bruja Casemona. Me
pidió que la desencantase yendo a la tierra de los gigantes, en donde su
padrino era el rey, y luego al castillo de la bruja para hacerle pagar el mal
que hacía. Si conseguía volver con éxito de la empresa,
recibiría como premio el amor de la princesa. En el enorme castillo de
Dongragi, el padrino me explicó cómo derrotar a Casemona:
reteniéndole los pies con plomo. Dejándome guiar de nuevo por el
sentido de la nariz, llegué al castillo de la bruja y me ofrecí a
regalarle los zapatos más hermosos. Como se los hice con suelas de plomo
forradas con piel de cabra loca, no fue capaz de moverse. Los gigantes entonces
la prendieron, desencantando así a su país. Y el gallo
cantó tres veces: era la señal para que desapareciesen los
encantamientos de la bruja. Pero entonces mi madre me despertó. Era
hora de ir a la escuela. Por eso quedé sin conocer a la princesa del
sueño. |