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Rato se acicaló muy temprano para ir a la
escuela. Pero cuando se disponía a salir, surgió un problema: a
la puerta de su madriguera estaba el gato, que aquella mañana no
había desayunado. Y él no quería faltar, pues celebraban
el Magosto. Se disfrazó de vampiro y salió, pero el gato se
abalanzó sobre él y casi lo apresó con sus garras: lo
había reconocido por el olfato. Probó vestido de señora
con peluca, tacones y mucho perfume, mas a punto estuvo de quedar entre los
dientes del gato, que le contó que lo había descubierto por el
rabo. Vistió luego una lata de pimientos morrones, puso de casco un
dedal en la cabeza, una aguja de calcetar hizo de lanza y se montó a
caballo de una escobilla de wáter. Parecía un caballero dispuesto
a enfrentarse al dragón. Esta vez el enemigo le pegó un manotazo
a la lata, que bajó rodando por el camino hasta golpear contra un
árbol. Salió de ella mareado y se escondió bajo un erizo
seco de las castañas. Cuando el gato lo encontró y él daba
todo por perdido, un enormísimo lamento asustó hasta a los
pájaros: el gato, que se había clavado una espina en la lengua,
huyó maullando desesperado. Rato pudo ir a la escuela, seguro bajo su
traje de camuflaje. Mas cuando llegó ya había acabado el magosto.
¡Lástima de banquete perdido! Entonces Venturiña, la
hermosa profe de Educación Fisica, posó sus dulces labios en la
puntita de su hocico. En ese momento, el hambre se le pasó de repente y
el corazón se le hinchó hasta casi reventar la pelliza de
picos... ¡Ay, el amor! |