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Una noche, Manuel no era capaz de concilar el sueño.
Contempló a la luna y la vio triste. Por la mañana, un jilguero se
acercó a su ventana y huyó antes de que lo pudiese acariciar. Manuel es
un maestro jubilado, que vive con su gato, Sol. Su única hija, médica,
está en África curando niños. Su compañera de toda la vida se
había marchado a una viaje muy largo porque le había llegado su hora.
Aquella tarde no tenía ganas de reír ni de merendar y no sabía
qué hacer con su tiempo. Entonces se le ocurrió preparar un cartel
demandando una familia con niños que pudiese adoptarlo. Lo pegó en la
puerta. Mas nadie reparó en él. Dos días después,
añadió que sabía latín y matemáticas; pasados otros
dos días, que no buscaba dinero. Por fin, se presentó
ofreciéndole su casa una mujer con un niño malo como un perro malo.
Él no quiso ir. Luego, otra con voz de terciopelo, acompañada de trillizos:
dos niñas muy simpáticas y un niño aledre que lle regalaron tres
sonrisas enormes y tres miradas de miel. Esta vez aceptó. Cogió el gato Sol
y se marchou con ellos para su casa, en donde celebraron una fiesta de
bienvenida. Desde entonces, cada mañana, el jilguero viene a despertarlo a su
ventana. Y cuando de noche observa a la luna, le parece que está contenta, jugando
con las estrellas.
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