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Unos labradores tuvieron un hijo pequeño como una pulga
y le pusieron de nombre Pulguiña. Era muy trabajador y valiente.
Metiéndosele en la oreja, guiaba al burro. Labraba la tierra mandando a
las vacas sentado en el yugo, pero un día descansando en la paja la
Pinta lo comió de un bocado. Desde la barriga de la vaca, le
gritó al padre que si la mataba él le daría treinta.
Así lo hizo, sin encontrar al pequeño, que estaba entre las
tripas. Las comió un lobo y con ellas a Pulguiña. Cuando
aquél iba a comer las ovejas, las alertó y los pastores lo
mataron. Tampoco ellos encontraron al niño. Hicieron un pandero con la
piel y allí quedó atrapado. Lo hizo sonar cuando repartían
el botín unos ladrones, que huyeron asustados. Entonces pudo salir,
cogió treinta monedas de oro de los ladrones, regresando a casa. Entre
la alegría de los padres por su vuelta, les comunicó el
cumplimiento de su promesa: traía las treinta que había
anunciado. Adaptación a partir del cuento popular
espléndidamente editada. |