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Noa jugaba muy bien al fútbol con los niños.
Aunque lo que más le gustaba era ir al parque, junto a la estatua de un
personaje local, y jugar al parchís con las flores, convertirse en
mariposa, hablar con las nubes... Pero el parque estaba cada día
más abandonado, podía con él la maleza, las flores se
marchitaban y el césped perdía su color verde. Su padre tampoco
sabía por qué los maiores lo dejaban morir así. De noche
sintió envidia de los hermosos paisajes de un libro y se asomó a
la ventana buscando consuelo en las estrellas. Entonces mirando por un
cucurucho de papel de periódico a modo de telescopio descubrió
una diferente, verde. Con las tijeras del cole la recortó y
durmió con ella apretada entre las manos. Al despertar, había
desaparecido dejando un polo fino tapizando el suelo de la habitación.
Lo recogió con el cucurucho-telescopio y lo esparció por el
parque. Y entonces el parque recobró vida. |