|
Había una vez una granja en la ribera junto al mar en la
que los animales eran amigos de las gaviotas vecinas y charlaban cada
día con ellas. Al atardecer disfrutaban de la puesta de sol:
aquél era para ellos el mejor lugar del mundo. Cuando no estaba el
granjero, el cerdo, que era su capataz, detentaba el gobierno. Pasaba los
días durmiendo y roncando en una lancha que había en medio del
patio. Un día un petrolero enorme se hundió cerca de la costa
y su petróleo cubrió el mar con una capa oscura y maloliente. Las
gaviotas graznaron como locas: al meterse en el agua para pescar quedaban
empapadas de alquitrán y no podían volar. Los animales se
dispusieron a salvarlas. Le pidieron la lancha al cerdo, que se enfadó
por despertarle, se la negó y continuó roncando. Pero ellos no se
acobardaron y arrojaron al mar un tronco viejo al que se fueron subiendo las
gaviotas, muy mareadas. Como eran tantas, acudieron muchos animales de otros
países para ayudar a salvarlas y limpar el mar. Cuando el cerdo
despertó se asomó al muro de la granja y vio que traían
las gaviotas a la playa para limpiarlas y reanimarlas. Sintiendo
remordimientos, les ofreció lloriqueando un platito con cuatro granos de
maíz con los que quería tapar la vergüenza de su falta de
solidaridad. Pero los animales de la granja le recordaron que no les
había dejado la lancha y lo expulsaron para siempre, bajo una lluvia de
chapapote. Pasado un tiempo, los animales de fuera se marcharon para sus
lugares y las gaviotas volvieron a graznar de alegría por toda la
ribera, a charlar con sus amigos de la granja y a admirar las puestas de sol.
El mar quedó limpio, pero los animales nunca más dejaron de
observarlo, con la lancha siempre preparada para actuar. |