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En
una dehesa, con su guarida escondida entre el matorral, vivía un enorme
lobo. Se alimentaba, claro, de corderos y ovejas, hasta que un día se le
ocurrió que un niño podría ser un buen manjar y
salió a buscar uno para comerlo. Al llegar ante una blanca casa,
llamó disimulando su voz lobuna, pero no logró engañar a
los niños, que le pidieron que mostrase su pata y, cuando él se
negó, amenazaron con molerlo a golpes. Huyó, temeroso.
Intentó luego comer una vaca, que se defendió con sus cuernos.
Entonces pensó que son mejores las tostadas que el bistec, pues ya no
quedan Caperucitas que lleven la merienda a su abuela. Y confiesa su secreto:
en realidad, vive en este cuento para meter miedo. En tríadas
rimadas, como el cuento, se aclara al final el significado de algunas palabras
con pequeñas y sencillas ilustraciones, que contrastan con el poderoso
impacto visual de las que acompañan el texto. |