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Antón Fortes: Fume |
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Cuenta una voz infantil
que un día sube al tren con el padre, la madre y otra mucha gente, en
fila, en silencio, vigilados por soldados. Al llegar, los separan: él va
con la madre para la casa 48. Duermen abrazados en viejas literas de madera. A
la hora del recuento, están mucho tiempo al frío y a la nieve.
Pero no llora, porque llevaron al niño que lloriqueaba por la noche y
desde entonces la madre no para de gritar. La suya está triste, aunque
se alegra el día que ve al padre al otro lado de la alambrada. Cuando
él se quema en una estufa, cambian la comida por pomada para la
postilla. Ayuda a acarrear agua para la cocina, en donde le regalan patatas
crudas; come una y la otra se la lleva a la madre. Las mamás ocultan a
los niños flacos o enfermos como su amigo Vadío, pues a esos los
llevan para la casa de la chimenea. Sueña con dragones verdes que lo
quieren devorar cuando los guardas pegan con la culata del fusil o cuelgan a
personas en el patio. Echa de menos su cuarto azul, el jardín en donde
jugaba con su padre... pero no lo dice, no quiere aumentar la tristeza de su
madre. |
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