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En
el, seguramente, país más pequeño del mundo, en el
Himalaya, vivía en su cueva el dragón Nemoth. Tenía
aterrorizados a sus habitantes, que pasaban hambre, pues exigía para si
todo lo que cosechaban, ya que de lo contrario destrozaba cuanto se
ponía a su paso. Un día el anciano rey Tenduc decidió que
aquel de sus tres hijos que liberase al pueblo del dragón sería
su heredero. Januc, el mayor, fue a buscar al reino de Lhasa una espada
invencible, capaz de atravesar de un solo golpe la roca más dura, mas el
tirano la fundió con el fuego de su boca. Kiruluc, el mediano, trajo del
reino de Samarcanda el más poderoso de los venenos, capaz de acabar con
los animales fabulosos como el grifón, pero el dragón
fundió la redoma con su fuego. Sin embargo, el más
pequeño, Liluc, aficionado a componer versos y sin ningún
interés por las armas, se quedó en el reino para buscar una
solución en los libros. Un soplador de vidrio le hizo un espejo
cóncavo de los que deforman la imaxe de quienes en el se miran, que
colocado en la entrada de la cueva del dragón, consiguió que este
no se atreviese a salir y acabase muriendo de miedo y hambre. Aunque lo
merecía, no quiso ser el heredero del reino, que gobernaron sus hermanos
alternativamente, de siete en siete años, asesorados por su
sabiduría. Y cuentan las crónicas que desde entonces en el
país florecieron las artes y las ciencias y el reino fue feliz y
próspero, con la mina de piedras preciosas encontrada en la cueva de
Nemoth. El feliz trabajo de ilustración crea un ambiente
exótico que facilita eficazmente la lectura comprensiva del
texto. |