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Aquel elefante
estaba muy loco. Tenía cuatro fuertes patas, grandes orejas, una bonita
cola y una larga trompa con la que comía y se rascaba. Tenía todo
de elefante ¡y se negaba a aceptar que fuese un elefante! Primero
pensó que era un terrón de azúcar: se sumergió en
las tazas de café y dejó asquerosos los salones de las casas y
las cafeterías. Cuando se lo explicó el chimpancé, se
convenció de que no era como los terrones de azúcar. Entonces se
creyó una abeja: se marchó de jardín en jardín,
aplastando las flores con su peso. Aceptó luego las razones del
cocrodilo cuando le dijo que no era una abeja. Pero pensó que era una
bombilla y se subió a los faroles de los parques, dejándolos a
oscuras. Cuando la lechuza lo convenció de que no era tal,
después de pensar durante un mes contestó que non sería
una abeja, pero tampoco era un elefante. Y empezó a andar con su cuerpo
de elefante durante muchos días, solo. Llegó a una isla en donde
el agua era muy azul. Sintió que podía volar y se sumergió
en el agua. Y como nadie le llevó la contraria allí se
quedó feliz, convencido de que era un pájaro que sabía
volar en el fondo del mar y de que nunca había sido, ni sería, un
elefante. Álbum infantil con un atractivo trabajo de
ilustración a toda página. |