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A
Xoán y Marcos, los dos hermanos, lo que más les gusta en el mundo
es escuchar los cuentos de la anciana tía Rosario, que ella
inventó o que escuchó alrededor del fuego del hogar. Una noche
les contó el de Titi, una niña muy buena y obediente que
tenía dos hermanas mayores egoístas, celosas y presumidas.
Vivían solas en la casa que habían heredado de sus padres. A las
dos mayores les gustaba salir de paseo y presumir mientras a la pequeña
le mandaban hacer los trabajos más pesados y no le permitían
salir a jugar. Titi donde mejor lo pasaba era en la escuela. Siempre se paraba
a mirar una muñeca de traje azul en el escaparate de una tienda de
juguetes. Una tarde de invierno, a la mayor se le antojó un dulce de
chocolate con fresas y mandó a la pequeña a por él, mas
Titi se entretuvo en el escaparate, triste porque había desaparecido su
muñeca soñada, y cuando fue ya habían cerrado la
pastelería. En la calle, un violonchelista tocaba sin que nadie le
dejara ni una moneda, por lo que ella le dio la que llevaba para el pastel.
Entonces el anciano, agradecido, sacó de un baúl su deseada
muñeca y se la dio. Cuando se lo contó a las hermanas, la
castigaron sin cena en la habitación del desván. Allí le
habló la muñeca: se llama Celeste y cuidará de ella.
Mientras Titi dormía, la muñeca pidió repetidas veces caca
y cuando la niña se despertó encontró el suelo cubierto de
monedas de oro. El violonchelista era un mago y ella una muñeca
mágica. Enteradas las hermanas, se le quedaron con la muñeca
pensando en hacerse millonarias, diciéndole que hiciera toda la caca que
quisiera, mas al despertar se encontraron con que lo que había por todas
partes era mierda. Entonces ellas aprendieron y le pidieron perdón a
Titi, prometiendo quererla mucho. Y ella les perdonó, como tienen que
hacer todos los niños y niñas: portarse bien y saber
perdonar. |