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Nueve cuentos, protagonizados en su mayoría por animales
e inspirados en los cuentos clásicos infantiles. El ratón
travieso que va al colegio para ratones duerme en pijama con un ojo abierto. La
vaca de dos lunas en la frente y traje blanco y negro sale de paseo con la
prima Chi-Lin-Drada. El borrico sube lentamente la cuesta con la hierba cuando
una mosca le hace cosquillas y estornuda: es un "birruco" (no fue a la
escuela). El lobo, mentiroso glotón, echando harina en la pata entra
en casa de la cabra mientras ella compra en el supermercado y come los
cabritillos; como se duerme luego de la comilona, acaba sin nada en la barriga
y camino de la luna convertido en un cohete con rabo. El "lampantín de
touciños" puede derrumbar las casas de paja o cemento, pero no puede con
la de piedra, por lo que se mete por la cheminea, pero los tres cerditos
encienden fuego de indios y hacen que huya quemado. El lagarto, chico verde
y elegante, tiene el rabo roto; intenta pegarlo, sin éxito por lo que
todos se ríen de él; pone entonces un parche en un ojo y con un
gancho afilado pasa a ser el capitán terrorífico de los prados:
el "lagarpirata". El elefante, tan ridículo con la nariz descomunal y el
rabo pequeñito, con lo que gana trabajando en el circo acude al cirujano
cocodrilo, que le arranca la trompa de un bocado en vez de
arreglársela. También sabemos del monstruo que engorda con la
oscuridad y con la claridad encoge, que se oculta entre los juguetes o tras la
puerta del armario. Pero no hay que tenerle miedo pues solamente es un
niño horroso. Y, por último, la Cenicienta, que es una
"principenta" en el baile de palacio, y cuando el príncipe la localiza
es la "zapatenta", su futura mujer. Concebidas como juegos
caligráficos, las historias cobran vida en el verso y en el original
tratamento tipográfico, tan atractivo como sugerente. |