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Cuenta una castaña de cuando una
niña, Inés, la recogió en la orilla del río y
plantó en una maceta en el balcón para que creciese y luego
trasplantarla al monte. Había tenido suerte. Recuerda que
nació en un enorme castaño, dentro de un orizo que un día
se abrió presentándose ante ella un abismo, suspendida en el aire
y cegada por la luz. Un viento traicionero la hizo caer y rodar hasta un surco
junto a otras. Por ellas supo que su futuro podía ser acabar engullida
por el jabalí, roída por un gusano por dentro o celebrada por los
humanos como alimento en la gran fiesta del magosto, preferiblemente. Pasaron
los días en la majestuosidad del bosque, en donde conoció a los
primeros humanos, dos ancianos que venían a charlar sentados, el fiero
jabalí, que zampó a muchas pero no llegó a ella, y la
hermosa compañía de tantos animales y plantas. Hasta que un
día el agua la arrastró hasta un riachuelo que desembocó
en un río, en que la encontraron Inés y Laura. Ahora
está contenta pues sabe que su futuro es el mejor: ser un gran
árbol. |