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En el camino del Norte está Ínismar, la isla más
hermosa del mundo. Los isleños viven del mar, que les da alimento y horizonte,
sosiego y furia. Durante el invierno, las barcas se recogen en sus muelles de la furia de
los temporales y ellos se refugian en las casas. En su punta más alejada
está el Cabo da Serpe, en donde solamente crecen hierbas bravas en sus rocas
desnudas y el rugido del mar mete miedo; hace muchos años que nadie va a pescar
allí porque no hai vida en él. Como el mar no es tan generoso como antes
y la cosecha es escasa, no hay muchos niños. Elsira es la más despierta de
todos. Una noche su padre regresó de la pesca con las redes vacías y
triste. Aquella noche ella soñó con una gran ballena azul que iba hacia el
Cabo da Serpe, haciéndole señales como llamándola. Se repitió
tantas noches como el padre volvió desalentado. Ella pensó en ir hasta el
cabo, pero sus pais se la habían prohibido. El abuelo le contó la
razón: se dice que allí vive una serpiente enorme y terrible que con su
aliento de fuego mata de lejos. Mas la niña seguía soñando el mismo
sueño y las redes de su padre seguían vacías. Por ello que un
día se decidió a ir allá. Todo era siniestro en el cabo: no se
veían pájaros, las piedras parecían quemadas y el agua del mar era
como letrina. De pronto, un estruendo estremecedor la hizo caer al suelo sin sentido.
Pasado un tiempo, el miedo le impedía abrir los ojos pero veía acercarse a
ella un extraño animal que parecía contener todos los animais y plantas del
mar que se presentó como la vida de Ínismar, a quien ya sólo los
niños saben escuchar. Había sido una enorme serpiente que les había
dado vida a los hombres hasta que la codicia de estos hizo que perdiese poco a poco los
anillos. Ahora solamente queda un círculo de la vida, el último, que abarca
toda la isla. Ya tragó tanto veneno que entra en el mar que su vientre no soporta
más. Hay una esperanza. Que Elsira encuentre las respuestas venciendo el miedo y
haciendo lo que los adultos no se atreven a hacer. Luego, le mandó abrir los ojos
y que anduviese hasta el extremo. Allá fue y se quedó asombrada:
había monotones de hierros retorcidos del naufragio de un barco que arrojaba el
mar un líquido viscoso y hediondo. Aquel era el auténtico monstruo al que
los adultos no se habían enfrentado: el miedo de la gente, que no se
atrevía a ir hasta el final, había dejado fluír aquel veneno.
Entonces ella regresó dispuesta a hablar con todos y explicarles que si limpiaban
el mar y aprendían a escuchar la vida los peces volverían a las redes.
Porque esconder los problemas no sirve para nada. En una nota final los dos autores
concluyen que algunas verdades sólo pueden sobrevivir al abrigo cariñoso de
los cuentos.
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