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Hace muchos años
los niños y niñas de la aldea trabajaban la tierra desde muy
jóvenes. Era una vida de trabajo pero divertida. A Pepiño, lo que
más le gustaba era rastrillar la hierba, y mientras los otros
descansaban a la sombra él seguía. Pero muchos días se iba
con el estómago medio vacío para cama y las tripas le
rujían con el hambre. Un día vio en el pueblo un cartel que
anunciaba viajes a América y decidió marchar como otros
habían hecho ya. Los padres aceptaron disgustados, mas era lo mejor para
él. Partió en un vapor del puerto de Vigo. Pasados unos
meses llegó la primera carta: trabajaba en el comercio de un vecino de
la aldea, más horas que en el campo pero ya empezaba a ahorrar.
Después de varios años, llegó otra carta: volvía a
la aldea para pasar el verano. Vino con traje y sombrero y fumando en pipa.
Parecía todo un señor, se notaba que había hecho fortuna
en América. A los amigos de la aldea les hablaba con algo de soberbia:
les llamaba "pibes" con un acento raro, como si fuese argentino. De paseo
por el campo con ellos llegaron junto a un rastrillo. Con su acento
decía no saber qué era aquello (que tanto le gustaba cuando era
pequeño): como era rico, tenía reparo en reconocer la herramienta
del campo. Sin querer pisó los dientes del rastrillo y "¡Mala
rabia parta o angazo!", dijo, como si de repente recuperase la memoria y el
hermoso acento campesino de cuando era niño. |