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Aiko vivía en un lugar rodeado de altas
montañas. El día que iba a nacer sus padres plantaron un cerezo
al pie de la casa. Creció jugando debajo de sus ramas mientras su padre
tejía los cestos de mimbre que luego vendía en el mercado de la
villa. Pero últimamente volvia a casa sin vender nada, por lo que un
día decidió marchar a un país próspero.
Canjeó el caballo por dinero y marchó, anunciando que cuando en
primavera echara flores el cerezo volvería para llevar a la mujer y la
hija al hermoso país. La nieve cubrió las montañas, las
golondrinas volvieron y las ramas del cerezo se cubrieron de flores
diminutas... Los días pasaban sin traer noticias del padre. Los primeros
vientos del otoño desnudaron el árbol, regresó la nieve y
llegó la Navidad. ¡Y él no regresaba! Una noche, la madre
le cortó una pequeña rama al cerezo, talló una
muñeca con un pequeño cuchillo con el que el hombre trabajaba los
cestos de mimbre, le hizo un vestido con jirones de tela, trenzó el
cabello con lana y la envolvió en papel dorado. Y fue a despertar a
Aiko, entregándole el paquete llegado de un lejano país enviado
por el padre. La niña jugó muchos años con la
muñeca nacida de la rama del cerezo. El padre nunca regresó.
Cuando Aiko ya había crecido mucho, supo que la embarcación en la
que había marchado nunca había conseguido llegar a aquel
país de la prosperidad. Ellas siguieron siendo pobres, como casi toda la
gente que habitaba aquel lugar olvidado. Edición que integra
espléndidamente la cálida sensibilidad del trabajo de
ilustración y de la historia. |