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Hace muchos años, en un país lejano vivía
Zalgum, una joven hermosa de largo cabello rubio a la que le gustaba
bañarse en la fuente en donde su hermano le daba de beber al caballo. Un
día él encontró en el agua un largo y fino cabello y al
llegar a la casa les dijo a los padres que se casaría con la
dueña. Contenta con la buena noticia, la reina fue de puerta en puerta
hasta dar con la dueña del cabello, que resultó ser Zalgum.
Cuando él lo supo, dijo que era un hombre de palabra y debía
casar con ella o marchar del país. Entonces los padres aceptaron la
boda, aterrorizados. Comenzaron los preparativos de la boda sin decirle la
verdad a Zalgum. Le mandaban probar la ropa, alegando que la novia del hermano
era de su misma talla. Cuando el ajuar estuvo listo, la madre le dijo que
blanquease con arcilla las paredes del cuarto del hermano y luego que moliera
trigo; cuando lo estaba haciendo, una golondrina a cambio de arcilla para su
nido y después una urraca a cambio de trigo para sus polluelos se
ofrecieron a contarle con quien se casaba el hermano, pero ella contestó
que no le interesaba. Mas cuando preparaba el cuscús para la fiesta de
la boda, una vaca prometió decirle la verdad de la boda si se lo daba
para su ternero; intrigada, aceptó y entonces supo que la novia era ella
misma, como también le confirmaron la golondrina y la urraca
después de darles arcilla y granos. Zalgum, asustada, se
escapó para una cueva, cerrando la entrada con una gran piedra. Cuando
una cabra que pastaba por allí se puso a dar cornadas en ella, la
amenazó. El pastor oyó la voz y avisó al padre, que fue a
pedirle que saliese, mas ella alegando que ya no era su padre sino su suegro,
solamente aceptó asomar una mano para que se la besara; lo mismo hizo
con la madre. Entonces fue el hermano, quien, cuando ella sacó a mano,
se la cortó de un golpe de espada. Zalgum lo maldijo deseando que se le
clavara una espina que sólo pudiera arrancar la mano que acababa de
cortar. Cuando él lavaba la sangre en la fuente, se le clavó una
espina en la rodilla que había hincado en el suelo. Al llegar a casa,
tiró la mano al tejado para que la nieve y el sol la secaran y las aves
rapaces la comieran. Pasaba el tiempo y ni médicos ni curanderos le
daban arrancado la espina, que cada vez se le hundía más con un
dolor insoportable. Enterado el príncipe del país vecino de
la existencia de la voz misteriosa, con ayuda de una vieja hechicera
consiguió que saliera del refugio y la llevó consigo. Las damas
del palacio propusieron tejer una capa para que el príncipe se enterara
de que Zalgum no tenía una mano. Pero una urraca rescató la mano
del tejado, se la cosió con el hilo de oro que le dio una golondrina y
le recuperó la movilidad gracias a las hierbas de la vida que le
había traído una vaca. Y como tejió el manto más
hermoso, se casó con el príncipe. Cierto día, se
presentó disfrazada de mendiga y le arrancó la espina, que nadie
había logrado arrancar, al hermano, ya casado. La mujer de este y los
vecinos intentaron descubrir su identidad, pero Zalgum huyó,
librándose de ellos con monedas de oro y salvado, que les echó a
los ojos. Y a la vuelta le contó al príncipe toda su historia,
explicándole que había tenido piedad del hermano por lo que
sufría. Desde entonces, Zalgum vivió feliz con los hijos y
nunca volvió a ver su hermano. Y la historia siguió su curso,
como el río. Adaptación con ilustraciones a partir de un
cuento tradicional bereber de Kabilia. |