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Manuel Lourenzo considera este texto
dramático como un libreto escénico inspirado remotamente en el
cuento "Oh, dear, said Tiger", de Donald Bisset. Escrito bajo encargo de Pedro
Rubín, director del grupo Teatro Galileo, por los cambios hechos a lo
largo de los ensayos lo considera coautor. En catorce escenas breves, se
presenta en un Jardín al Autor, un escritor de libros que no inventa los
cuentos: los espera y cuando lo vienen a visitar desde su mundo encantado los
escribe en su cuaderno en blanco. Lo visita un Tigre que sólo se
alimenta de palabras; está famélico porque hace mucho tiempo que
nadie le cuenta una historia. Para que escriba una historia y luego se la
cuente, lo lleva al País de los Cuentos. En el camino, encuentran un
árbol que canta y un dragón que echa fuego por la boca. Mas el
Autor se queda dormido y lo despierta un perro que en lugar de ladrar repica
con la hambre; cuando le da un bocadillo reclama que le cuente un cuento de los
varios que tiene en su libro, a pesar de que él no había escrito
ninguno. Así, disfrazado de pelícano, el Autor va a pescar un
arenque que fuma, mas no le cae bien un arenque tan ahumado. Lo visita luego el
Árbol, que quiere cantar un rap a la moda de Manhattan; de ella sale su
espíritu en forma de pez que saluda en varios idiomas. Viaja en tren a
Portugal, junto a Amália Rodrigues, que canta un fado y juega con el
autor al cuento del columpio, en el que uno es Señora Adelante y otro
Señora Atrás, ate que caen de culo. Finalmente, el actor que hizo
todos los animales le reclama su existencia real, sin la cual las criaturas de
su imaginación no tendrían vida. Él también
necesita el Autor para vivir. De este modo, los cuentos del libro cobran
vida. |